Comodidades

El roce de una mano, en tu mano, caminando por la calle.

El viento. Los flamboyanes rojos. El viento jugando en los flamboyanes rojos.

El olor a vida primigenia que despide la hierba recién cortada.

La canción que te gusta, de repente, en la radio.

Hacer el amor hasta que duela.

Mirarte al espejo y parecerte cada vez más a tu viejo.

Abrazar a un amigo de improviso, cuando menos se lo espere, pensando en que quizás sea cuando más lo necesite.

Los zapatos y los calzoncillos cómodos. Y las medias de lana.

El primer sorbo de café, al levantarse.

Un jabón que huele a tu mamá.

Resolver un problema matemático. Y gritar…Eureka ! para hacerlo más emocionante.

Los colores del otoño.

Tirarse en la hierba, a observar la luna llena o a buscar figuras en las nubes.

Los buenos recuerdos que otros tienen de ti.

Pertenecer a uno de las pocas especies del reino animal, cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. Parece un chiste, pero no lo es.

Sentir el olor a mar al atardecer, o por la mañanita temprano. Y dejar que te llene los pulmones.

El intervalo que existe entre el relámpago y el trueno.

Invitarla finalmente a un trago. Sentir la adrenalina, el cosquilleo, el llamado de la jungla, de ese momento antes de hablarle.

La risa de tu hermano cuando explota y te contagia.

Ejercer de voyeur, como James Stewart en la Ventana Indiscreta o como Amélie, y descubrir a una vecina adorable.

Mirar las cicatrices que te recuerdan las trastadas y los amigos de la infancia.

Oir a los Beatles en un playlist aleatorio, o a Silvio, o a Chico, y cantar cada tema bien alto. O creerse Freddie y cantar bien alto eso de Scaramouch, scaramouch will you do the fandango, como si tuviéramos idea de lo que significa. Contar los últimos días antes de que salga el disco de tu banda preferida, para luego no poder escuchar nada más por días y días.

Un familiar o amigo que ya no tiene fiebre.

Sentarse en un banco en un parque,  y observar, simplemente.

Los primeros días de (casi) todo.

Dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Despertarse a las 12, y volver a dormir hasta estar cansado de tanto dormir.  Dormir con ropa después de una borrachera. No fregar ni un carajo hasta mañana. Eructar. Y tirarse un peo sonoro. Vamos, dejémonos el lirismo un momento, que estas comodidades mundanas, son las verdaderas. Y lo sabes.

Cualquier vino, en una buena compañía.

Conseguir acabar un libro, y sentir la melancolía, el desasosiego, pero también la alegría. Sentirse como un niño de nuevo releyendo a Verne, a Herminio Almendros o a Horacio Quiroga.

Salir a andar, sin tener ni prisa, ni destino fijo. Y sin Google Maps, no sean papanatas.

Irse a Youtube, teclear: Les Luthiers, Charlie Chaplin, Mr Bean, Buster Keaton, Benny Hill, Cantinflas.  Acomodarse. Y gozar.

El aire húmedo antes de la tormenta que viene.

Los músicos callejeros. Pero los que tienen instrumentos de verdad y hacen música de verdad.

La riqueza maravillosa de la lengua española. Poder jugar con palabras como gárgola, alba, sempiterno, ánfora, almendrado, epifanía, luminiscencia, aurora. Poder también escribir metáforas como “tenía la sonrisa nacarada, los ojos de un negro tan intenso como dos ventanas abiertas al cielo en una noche de verano y unas curvas apocalípticas marcadas por la majestuosidad del mar” y que te entiendan. O decir: “era una mujer hermosa y estaba buenísima”, y que te entiendan igual.

Comerse un glorioso, fenomenal, fabuloso, alucinante, pote de dulce de leche, a cucharadas.

Coger un mango, directamente del árbol. Uno dulce y enorme. Chupar la semilla sin importar los pelitos entre los dientes. Sentir, como lo debieron sentir nuestros abuelos en el Paleolítico, como el zumo se escurre entre los dedos.

Engancharse una mochila, caminar cuesta arriba, sudar, maldecir, casi desfallecer, y revivir con una vista como esta como recompensa.

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Mirador do Parque da Cidade, Niterói, Rio de Janeiro

Escribir un poema, narrar una historia, o hacer una lista tonta como esta, por el solo placer de hace una lista tonta como esta.

Las películas francesas. Vale, el buen cine. Pero las películas francesas.

Ver a un actor, haciendo una representación quebrantahuesos de una obra de Shakespeare, como Dios manda.

Bailar tonta y felizmente,  y provocar la risa de todos, pero la tuya de primera, como el amigo Matt aquí.

Acumular datos inútiles, como que el graznido de un pato no hace eco y nadie sabe porqué, o que el 15% de las mujeres americanas se mandan flores a si mismas en el día de los enamorados, y descubrir que al otro lado de la red existe una amiga tan friki como tú (o quizás más), quien no se autoenvía flores el día de los enamorados, pero que se maravilla contigo de todo esto.

Encontrar a Geraldine en los confines de Internet, y quedarse absorto mirándola, maravillándose de su belleza melancólica y decadente.

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Enamorarse de una voz como la de Adriana, que es un remanso, un campo de margaritas, un universo paralelo y un “abrázame bajo la manta, muchacha, que tengo frío”.

 

Para todo lo demás, y si tienes tan mala suerte de no tener tus propias comodidades ensanchapecho, está MasterCard

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