Nos queda todo

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“Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha”.

Le dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en la cara. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante estas últimas semanas, y lo besa en la boca despacio. No le dice: “yo también”. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Pero él sabe que ha sufrido como solo sabe sufrir ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es, esa molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá. Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo y porque su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va, hace que lo que tiene que doler, le duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que le volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.

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