Junior

10590411_10204653257117775_244760397506415265_nLo he visto apenas una vez con anterioridad a esta, en una foto con mi amiga en Instagram, ella todavía entre sábanas y el encima de ella molestándola. Ambos felices y risueños. Ahora lo he conocido y enseguida se ha puesto contento y animado, fascinado por el nuevo especímen humano que lo visita. Me ha puesto su cabeza en las piernas clavándome sus ojos negrazos que me han hablado de un cansancio inmenso. Lo he acariciado distraídamente mientras conversaba con su dueña. Es un labrador negro, manso y fiel,  y va a morir hoy.

Y mientras intentaba darle ánimos a mi amiga, quien me explica lo mucho que él sufría por el cáncer sin cura que lo aquejaba desde hace tantos meses y lo difícil que era para ella esta situación, después de haberlo intentado todo y de tenerlo desde cachorro, me he acordado de Junior.

Junior no se llamaba Junior pero así le decía yo, porque era el delfín de la familia, y por tanto, el objeto de todas nuestras malacrianzas. Y ahora, donde iría el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, hay un salchicha con tremendas orejotas ladrando alto (créanme, muy alto), y así comienza esta película.

Escena #1: Tengo 15 años, y mi papá ha traído a una bola de pelos a la casa.

 —”No puede ser”,  pienso, poniendo mala cara. — “Llevo desde mi más tierna infancia pidiendo un canario, un pez, un gato, algún ser viviente que me acompañe, y ahora en plena adolescencia, cuando ya no hace falta, se aparecen ustedes con esta bola de pelos que sólo chilla y que cagará por doquier, y a la que habrá darle todo tipo de atenciones”. 

Pero no había nada que hacer, si mi papá, ese sargento de la limpieza y el orden, ese ser insumiso que hacía que nos laváramos las manos mi hermano y yo unas 10 veces cuando acariciábamos a un cachorrito para evitar esos millones de gérmenes que según él acechaban prestos a enfermarnos al menor descuido, ahora se pasaba la madrugada entera acariciando e intentando calmar a ese bicho que no cesaba de llorar llamando a su madre. Estábamos todos perdidos.

Escena #2: Tengo 18 años. Junior mueve la cola y ladra estruendosamente en la puerta intuyendo que me dispongo a salir a hacer alguna encomienda, y por tal que haga un poco de silencio, decido llevarlo conmigo. Cerca de mi destino, hay una casa con un patio muy grande donde habitan dos enormes dóbermans que llevan con mucha seriedad su función de cuidar la propiedad. Pero Junior es un tipo bravucón, sin dudas. Siempre fiero frente a estos dos perrazos que lo triplican en tamaño, les comienza a ladrar y les muestra los dientes. Obviamente, reja de por medio. Aprendí que más que fiero, Junior era un tipo sumamente sabio, y un conocedor de la máxima ancestral que reza: mejor decir que aquí corrió, que aquí murió, o lo que es mismo, conocedor de las ventajas evidentes de poner siempre la velocidad en función de la supervivencia en caso de no existir un resguardo en forma de reja.

Escena #3: Tengo 20 años. Un ciclón azota con saña la Habana. Junior anda perdido hace unas cinco horas, afuera ruge el huracán y se está acabando el mundo, y andamos todos desesperados porque no tenemos ni idea de donde está. Bueno, no sabemos donde pero si suponemos haciendo qué. Olvidé decirles que siempre fue todo un romántico, era algo superior a sus perrunas fuerzas, no había perra sata o de alcurnia que necesitara la atención de un macho que allá iba él a hacerle la corte con todos los perros de la comarca. Ahí lo veíamos regresar, a menudo todo mordido y arañado, pero con esa felicidad canina con la que se tiraba a descansar en su manta después del deber cumplido.

—”Lo dejé entrar, estaba todo entripado, tiritando de frío en la puerta, pero fue el único que no se fue cuando comenzaron los rayos y comenzó a soplar feo el viento. Ná, que se ganó a la Negrita, vénganlo a buscar en unos días cuando pase el cicloncito este, creo que la va a pasar mejor que todos nosotros juntos”, nos dijo nuestro vecino cuando finalmente dimos con él.

Creo que oficialmente fue ahí cuando comencé a querer mucho a Junior,  en parte por la preocupación que me ocasionó, en parte por el orgullo de saberlo digno de nuestra casta.

Escena #4: Tengo 22 años. Tengo prueba final de mañana de Cálculo II y me aguarda una larga noche con un montón de integrales por resolver para afilarme bien. Ya el resto de los traidores de mi familia hace rato se se recogieron al buen dormir. Y ahí está él. Mirándome fijo con sus ojazos y sintiendo una mezcla de lástima por mi y de esperanza a que vaya a merendar en algún momento y le deje caer algo, pero acompañándome. A veces tirado en mis pies, a veces buscando mi mano para que le acariciara detrás de la oreja, justo donde le gustaba, pero siempre ahí. No me juzguen, pero más de una vez, al regresar contento a casa por una buena nota recibida, se lo decía primero a él. Y se alegraba, yo sé que se alegraba.

Escena #5: Tengo 25 años. Estamos todos en la playa y Junior se ha atrasado en lo que yo y mi hermano nos adentrábamos en el mar. No hacía falta ni llamarlo cuando de agua se trataba. Quizás fuera el hecho de que vivíamos cerquita de la costa, pero se acostumbró rápido al mar desde pequeño y aprendió a nadar con una agilidad realmente admirable.

—”No llega, estamos demasiado lejos, ve a buscarlo, se va a ahogar el pobre bicho, mira el oleaje que hace”, le digo a mi hermano.

Mi hermano me mira de soslayo y se ríe bajito. Junior llegó, medio muerto, tosiendo agua salada, pero llegó. Y no solo eso, sino que después no quería abandonar el agua. Mi hermano, cuyo hobby siempre fue nadar con él, siempre supo que lograría llegar sin problemas.  Yo en cambio,  en ese momento no supe si lo que había criado todos esos años había sido un perro o una nutria. Todavía no lo sé.

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Escena #5: Tengo 27 años. Estoy en Brasil y mi hermano me escribe que Junior ha muerto. Recuerdo haberlo llorado sin lágrimas toda una noche, insomne y lleno de rabia, maldiciendo a esas enfermedades que prefieren a los mejores, en su caso, una que le impedía ver y que no le permitía levantar ya ni los pies. Recuerdo además haber recriminado a mi hermano el hecho de haberle retribuido a tantos años de amor con esa piedad paradójica y brutal de que hacemos gala los humanos, dándole un final rápido e indoloro. Mi hermano, luego de una pausa que yo sabía bien que no era causada por la demora en recibir un mensaje desde Cuba por lo paupérrimo de la comunicación y si por un dolor similar al mío, me dijo algo que me sacudió mis adentros y me hizo admirarlo mucho más que lo que ya lo admiraba:

 —”¿Te imaginas lo difícil que fue para mi estar en todo el proceso y luego cargar con él en una manta? Tan solo se quedó dormido, y nada más. Yo hice un cartelito en el lugar donde lo enterré y puedes estar seguro que cuando vengas, vamos juntos”

Escena #6: Tengo 30 años. Junior murió hace 3 y muchas de mis vivencias con él son recuerdos e imágenes borrosas de infancia y adolescencia que ahora intento plasmar aquí. Nunca más me plantié tener otro perro. Quiero creer que la pequeña fosa en que yace muchos niños juguetean diriamente encima de él. Mi amiga, como hice yo, lo llorará un tiempo y quizás dentro de unos meses será sólo un recuerdo, y cuando el nuevo cachorro haga su entrada ni siquiera eso, porque el olvido sigue siendo nuestro paliativo preferido. Yo intento animarla y me viene a la mente el perro semihundido de Goya, que desde siempre me ha borrado la felicidad y llenado de tristeza por todos esos animalitos que nos llenan de luz, siempre sin esperar nada a cambio, y que a menudo tanto maltratamos.

Detalle de Perro semihundido, de Francisco de Goya

Por estos días, no cesa de llover, recuerdo que aquellos días tristes cuando Junior se fue, también llovía. Creo que entre tantas tristezas,  es un alivio tanta lluvia. No ha de brillar el sol cuando muere un perro bueno.

The End

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