Del desamor y otros demonios

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Que era ella. Que lo hayas sabido en el instante que entró al aula por la puerta sonriendo junto a sus amigas el primer día de clases en el preuniversitario. Que no creías en el amor a primera vista hasta que la viste y la escuchaste hablar. Que luego se acomodara el pelo detrás de la oreja y soltara una carcajada sonora y que pensaras que era el ser más hermoso y perfecto que haya existido jamás, y que la amaras desde entonces. Que llevaras meses planificando como decírselo y que esa casa en la playa planificada para ese fin de semana y a la que irían todos, incluyéndola, tenía que tu oportunidad. Que hayas intentado ocultarlo pero todos ya se habían dado cuenta por todo el tiempo en que la mirabas en el aula, o como te ponías nervioso cuando te pedía prestada la goma de borrar. Que de tan ciego que estabas nunca te pasó por la mente que podía tener novio. Que todos te miraron con una lástima infinita cuando llegó de manos con un muchacho de otra escuela a la casa en la playa y tú te quedaste petrificado y sin poder cambiar la expresión de desolación en tu rostro. Que tuvieras la mala fortuna de que te asignaran el cuarto de al lado. Que todos se hayan ido a la playa y que tú, que aún no salías del shock, hayas dicho que ibas en un rato para intentar estar solo, lejos de todo y todos. Que solo supiste que ellos también estaban en la casa cuando los escuchaste reír en el cuarto de al lado. Que ella, la mujer que amabas, estuviera con otro hombre en la habitación de al lado. Que comenzaran a colarse sonidos raros que luego no podrías olvidar jamás. Que te pusieras los audífonos y subieras el volumen de tu teléfono para llenar el espacio con música pero que aun así se colaran las risas, los gemidos. Que alguien golpeara en tu puerta. Que al abrir, la hubieras visto envuelta en una toalla azul. Que te haya sonreído. Que te haya pedido de favor si podías ir a comprarle dos cajas de cigarrillos y que te haya entregado un billete de veinte pesos antes de que pudieras decirle nada. Que la mujer que ames haya ido hasta tu cuarto a pedirte que, ya que estás vestido, compres cigarrillos para ella y alguien más. Que la hayas querido tanto que hayas tenido la ligera esperanza de que si fumaban no harían más nada, y que hayas ido. Que corrieras por la calle hasta el quiosco a comprarles cigarrillos sabiendo que el tiempo es oro y que te podía aliviar un poco tanta tristeza. Y que estuviera lloviendo mucho. Que hayas regresado empapado y con los cigarrillos. Que la hubieras llamado. Que hayas golpeado a la puerta de su habitación, con la rabia comiéndote las entrañas. Que hayas tenido que repetir su nombre. Que hayas escuchado entonces los sonidos de algo imprevistamente recomenzado. Que hayas escuchado jadeos de placer. Que hayas tenido que volver a tu cuarto, con la existencia hecha pedazos. Que hayan pasado los minutos como siglos y que hayas querido simplemente no haber nacido nunca. Que ella, la mujer que amabas, ya vestida con una blusa que le descubre los hombros, haya llamado nuevamente a tu puerta. Que hayas abierto y te hayas encontrado otra vez con su sonrisa. Que hayas tenido que sonreírle de vuelta, o lo que sea que haya sido eso que intentaron tus labios. Que hayas debido imponerle otra sonrisa a tu confusión y a tu desolación infinita. Que le hayas dado los cigarrillos y que ella te haya agradecido por haber ido con esa lluvia. Que te haya preguntado cómo estabas. Y que le hayas respondido que estás bien. Y que no haya sido cierto. Que la amaras tanto. Que te haya entregado entonces una toalla, dobladita, húmeda aún, azul. Y que te haya dicho:

“Perdona por usar tu toalla, no había más ninguna limpia y pensé que no te importaría. ¿No te importa, verdad?”

Que te haya sucedido algo así…para que me entiendas.

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