G de ginger girl, gata, guardarraya y de Gretel

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Me gusta de Gretel, que cuando entras con ella algún lugar no sabes jamás como vas a salir. Puedes salir silbando, cantando, corriendo, con unas raquetas y botando unas pelotas de tenis, con un desodorante en los calzoncillos, con una tostadora en la mochila, con un libro de algún escritor desconocido chileno, una máscara de Catrina o una peluca de David Bowie. O unos condones de fresa y unas esposas.

Me gusta de Gretel que me lleva la contraria y que siempre tiene respuesta para todo. Que es tormentosa e intempestiva, pero que al final, cuando baja categoría de huracán 5 a brisa matutina, hace que su última palabra sea una conciliadora, como ahora, que se ha teñido el pelo de un rojo incendiario a un negro profundo y misterioso y hace ver anticuado el título de este post, pero no importa un carajo por lo bonito que le queda.

Me gusta de Gretel que es mi espejo más perfecto. Me hizo darme cuenta que es muy fácil que me entretenga con cualquier cosa: reconociendo ciudades en un mapa antiguo, identificando el canto de aquel insecto que canta allá afuera, o de canción en canción en bucle en Youtube hasta que me suelta un…..”dale para la cocina mijito que hoy te toca hacerme uno de tus pollos con papas y quiero calidad“.

Me gusta de Gretel que es de Güines y sabe de guateques y de comer guayabas maduras perdida en una guardarraya, y que es de Centro Habana y tiene siempre una frase sorprendente de allá en la chistera como: “Hay que estar aquí y no en la cola del pan”, y que es de este mundo y hace cosas como querer adoptar algún día un niño de la India y donar dinero a fundraisings para llevar juguetes a niños afectados en países destrozados por huracanes.

Me gusta de Gretel que no le importa el hecho que casi nadie le haya regalado la canción de Carlos Varela porque cada novio nuevo ha pensado que se la regaló el anterior, y que me ha pedido que mantenga inmutable esta hermosa tradición, exigiéndome además tres nuevas canciones diarias, en tres idiomas diferentes, como repertorio para usar bajo la ducha.

Me gusta de Gretel que se acurruca como una gata y ronronea cuando la acarician, que lo primero que hace por la mañana es besar y tomar café negro, que le gustan los piyamas coloridos y que exige silencio total en la mesa cuando comemos para contarnos las cosas del día en vez de ir corriendo al televisor a ver la serie de turno, y eso nadie lo hace ya.

Me gusta de Gretel que siempre usa emojis nuevos y no usa otros ya usados recientemente y que hacemos competencias de caras distorsionadas cuando no nos vemos y que terminamos siempre arrastrados de la risa.

Me gusta de Gretel que le guste experimentar nuevos tipos de cervezas artesanales, que siempre sale a bailar aunque nadie más lo esté haciendo y que se tire al agua de la piscina aunque esté congelada y se haya lavado la cabeza ayer.

Me gusta de Gretel que siempre que creo que conozco su universo de gustos visuales me viene con algo novedoso y super extraño: películas marroquíes, comerciales tailandeses, videomappings cubanos, videoclips polacos, películas eróticas hongkonesas de los años cincuenta.

Me gusta de Gretel que es valiente y que no la arrugan los retos (comenzando por el tremendísimo acto heroico de comerse lo que cocino), pero que tiene la sabiduría tremenda de aceptarse en sus limitaciones y en creer en las segundas oportunidades.

Me gusta de Gretel el hecho maravilloso y extraño de que me haga feliz a estas y a todas las horas y que no necesita que le de gracias, aunque comience con g.

Me gustas tú de ti, Gretel.

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Lo común

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Día 1

Jim se despertó bruscamente, espoleado por un fuerte dolor de cabeza. A su lado, un rostro desconocido lo miraba con ojos asombrados. Los demás se fueron despertando de a poco, confundidos, mirándose unos a los otros, sin reconocer ninguna cara familiar y sin tener idea alguna de donde estaban y de cómo habían llegado hasta allí.

“¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? ¿Cómo llegué aquí?” – preguntó Jim a una mujer delgada que había a su lado y que pareció no entenderlo. Las mismas preguntas se repetían por doquier en los más diversos idiomas.

Paulatinamente, Jim comenzó a mirar a su alrededor para intentar reconocer el entorno. Eran cientos, sino miles de personas de todo tipo de nacionalidades, razas y de rango de edad. Mujeres, hombres, ancianos, adultos y niños. Estaban todos hacinados en lo que parecía ser un espacio enorme techado. Algunos trozos gigantezcos de metal oxidado se veían a lo lejos y hacían suponer que se encontraban en lo que fue  en algún momento un hangar o un búnker enorme que albergó aviones o maquinaria bélica. Sólo unas enormes lámparas en el techo emitían una luz blanquecina que rompía un poco la oscuridad sobrecogedora del espacio. No había ventanas, por lo que era difícil saber si era de noche o de día y la temperatura era un poco calurosa aunque sin llegar a ser asfixiante.

De pronto, una voz distorsionada y metálica comenzó a repicar en inglés desde una bocina suspendida sobre lo que parecía ser la una enorme puerta de cemento:

“No tienen nada que temer, ya que por el momento no corren peligro. Deben conservar la calma y escuchar atentamente las siguientes instrucciones, las cuáles deben seguir si aspiran a salir con vida de este lugar. Las instrucciones se resumen en una sola: Si desean salir vivos de aquí, solo deben encontrar el punto común entre todos ustedes. Cada día, cuando suene esta bocina, alguno de ustedes debe presentarse frente a ella y expresar aquello que consideran que todos tienen en común. En caso de acertar, serán liberados y podrán retomar sus vidas normalmente, en caso errar, aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados. Tienen agua y comida suficiente a su disposición aunque deberán racionalizarla pues no se les dará ninguna adicional. Están siendo monitoreados constantemente así que sabremos lo que hacen en todo momento. Intentar comunicarse con el exterior es inútil pues a todos se les ha extraído el teléfono celular. De igual modo resulta inútil intentar escapar pues las paredes son de acero reforzado y están totalmente aislados del mundo. El que intente algo de esto, será ejecutado. Sigan las instrucciones, encuentren lo que se les ha pedido, y no habrá problema alguno. Tienen 24 horas desde ahora hasta que suene por primera vez la bocina.”

Al principio, la sensación de incredulidad y asombro hizo que se apoderara de la multitud un silencio sepulcral.  Poco a poco, comenzaron los murmullos, los gritos, las imprecaciones.

-“¿Qué tipo de broma macabra es esta? ¡Si es un show para la televisión no tiene ninguna gracia! ¿Qué demonios quieren de nosotros? ¡Déjennos salir malditos cerdos imperialistas de la CIA!”- gritó un joven de aspecto desaliñado que llevaba una barba y pantalones raídos.

Cuatro horas después, el caos aún reinaba.  Todos intentaban imponer su opinión sobre qué es lo que deberían hacer, pero algo resultó evidente: si el lunático que estaba detrás de aquello, pudo realizar de manera tan eficiente un secuestro multitudinario como aquel,  cabía la posibilidad de que llevara su experimento hasta las últimas consecuencias, así que era mejor no arriesgarse.

Día 2

Alguien propuso organizar asambleas agrupadas por idioma, para llegar a un consenso antes de que se agotaran las primeras veinticuatro horas. Jim, comprendió enseguida, que con sus conocimientos de traductor y los seis idiomas que hablaba de manera fluida,  podría ser de gran ayuda en medio de aquel caos, así que rápidamente se vio caminando entre aquella marea humana,  recogiendo propuestas y entregando mensajes.

Luego de un gran esfuerzo que llevó otras cuatro horas, cada uno de los portavoces de los grupos recién creados le entregó a Jim el perfil de cada uno de los secuestrados. Apenas había comenzado a revisar aquella montaña de papeles cuándo Jim cayó en lo titánica  y casi imposible tarea que sería ver a simple vista un punto en común entre toda aquella marea humana. Sumaban en total, cien mil personas. Había desde desempleados hasta profesionales de todo tipo, desde universitarios hasta personas con muy pocos estudios, desde católicos fervientes, hasta budistas, musulmanas con hijab y ateos. Había desde comunistas admiradores de la Revolución cubana, hasta republicanos seguidores de Trump, homosexuales, heterosexuales, transexuales, fanáticos del deporte, nerds y personas obesas que llevaban una vida totalmente sedentaria. Encontrar una aguja en un pajar prometía ser una tarea más fácil que encontrar algún punto común entre aquel enorme y variopinto caldo humano, y el tiempo se agotaba.

-“Seguramente, algo común entre todos nosotros, debe ser algo que todos odiemos, o apoyemos, o algo que nos guste o rechacemos totalmente”– exclamó una mujer de ojos azules, vestida muy elegantemente con traje y zapatos altos.

” Sé que parece un slogan por lo tanto que lo mencionan las misses en los concursos de belleza, pero podría ser la paz mundial. No es broma, todos podemos tener opiniones políticas diferentes, pero no hay nada más horrible que perder a un ser querido por algún acto de odio de otros. Miren mi caso, yo siempre he sido pacifista, y nunca he apoyado las guerras que mi gobierno lleva a cabo, como en Afganistán por ejemplo, aun cuando mi hermano Thomas falleció en el atentado de las torres gemelas el 9/11 en New York. Si, verdad que sufrimos mucho en casa, pero tengo amigos musulmanes, y nunca los vimos como culpables, ellos también estaban afectados por todo aquello” – exclamó un chico alto de cabello rubio y alborotado. Un rato después, después de una larga pausa, alguien dijo: –“Mi mejor amigo también murió por uno de estos actos horribles y violentos, estaba en el concierto de Las Vegas y fue asesinado en ese infierno provocado por aquel maniático que comenzó a disparar desde el hotel con su arsenal de armas automáticas, todavía nuestros amigos no nos recuperamos, y los que defendían la Segunda Enmienda y el libre acceso a las armas, cambiaron de opinión y ya ninguno quiere comprar armas” – Conozco a alguien que fue herido en las Ramblas, y la madre de mi vecino, apenas sobrevivió al recibir un balazo en el Bataclan” – se escuchó en medio de aquella multitud. Jim recordó entonces a su sobrina Samantha, que fue herida en una pierna en Charlottesville por un supremacista blanco cuando protestaba pacíficamente y que su bisabuela fue una sobreviviente del ghetto de Cracovia antes de emigrar a los Estados Unidos.

De todas partes se escuchaban relatos relacionados con alguna afectación directa o indirecta a algún acto de terrorismo y otros tipos de violencia extrema, de esos que venían sucediendo ocurriendo a escala global en los últimos años. Un amigo de alguien que fue tiroteado en alguna calle por acá,  un familiar de algún soldado que nunca regresó por allá. No podía ser de otra manera, nadie podía estar a favor de algo así,  el mundo se desangraba con guerras y con tanta violencia que ya se volvía cotidiana en los noticieros matutinos y pedía a gritos algo de paz y tranquilidad El terror y la muerte mañana podían tocar la puerta de cualquier casa, en cualquier rincón del mundo. Oponerse a eso, esa tenía que ser la respuesta.

Cada uno de los portavoces que fungían de líderes de los distintos grupos estuvo de acuerdo, así que Jim se preparó para el momento decisivo.

Con una puntualidad implacable, la bocina resonó en todo el recinto y el eco recorrió toda la sala. Aunque todos estaban cansados y tensos, el ruido no despertó a nadie, era imposible dormir cuándo ese podía ser el último día bajo el sol, que brillaba allá afuera, en alguna parte.

Jim se adelantó a la puerta, se colocó frente a la cámara, que lo observaba muda e inexpresiva. A continuación, exclamó tan alto como le permitieron sus pulmones:

La violencia, todos repudiamos y estamos en contra de cualquier tipo de violencia como vía para alcanzar cualquier objetivo político, o como forma de odio racial, étnico, religioso, etc. 

Recién terminaba de decir la última frase cuando comenzaron los disparos. Al principio una sensación de incredulidad embargó a todos. Fue sólo cuando comenzaron los gritos de terror cuándo todos se echaron al suelo, intentando protegerse la cabeza y buscando alguna protección en los cuerpos más cercanos. Pasó un rato largo y un olor a pólvora impregnaba el espacio.  Jim, sin moverse en la posición que había caído luego de lanzarse al suelo, no se atrevía a abrir los ojos. Todavía se escuchaban algunos gemidos, sollozos, aunque cada vez más aislados, cuándo después de otro rato largo, Jim finalmente se armó de valor, no antes de cerciorarse que salvo un fuerte dolor producto de un fuerte golpe en el codo al caer, no tenía mayores heridas y que por tanto, tendría un día más de existencia sobre la Tierra. Abrió los ojos lentamente, y cuando sus pupilas se acostumbraron nuevamente a la iluminación lúgubre de aquel lugar, otras pupilas, sin vida, lo observaban. La mujer elegante de traje y zapatos altos,  lo miraba con expresión sorprendida desde sus ojos azules, un hilillo rojo de sangre le surcaba la frente, contrastando con su piel blanquísima.

Día 3

“Qué calamidad la mía Diosito, mira que decidirnos a venir a los Estados Unidos con los primos después de quedarnos sin nada allá en nuestro caserío de Puerto Rico por María, y ahora Diosito nos castiga así, qué calamidad, qué calamidad. ¿Qué quieren estas personas de nosotros? ¿Qué mal les hemos hecho?”

-“Ay comadrita, cómo te entiendo. Yo también me vine con mis hijos a los Estados Unidos después de que se nos cayera la casa allá en Puebla, con el terremoto. No llevamos ni un mes acá, apenas conseguimos trabajo, estaba intentando aprender inglés y ahora los gringos me hacen esto. No se entiende, no se entiende.

El codo de Jim comenzaba a tornarse de un morado oscuro y cada vez que lo flexionaba levemente un dolor agudo se apoderaba de todo el brazo, pero ni aun así se le iba de la cabeza la conversación en español que había escuchado entre dos mujeres bajitas hacía aproximadamente dos horas, mientras deambulaba sin rumbo por aquel lugar.

-“¿Todos estamos de acuerdo en que hay que proteger a las ballenas, verdad?” -“¡Si hay alguien que haya estado en contra de que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres que lo diga, por favor!” -“Yo y mi esposo vinimos a este país  para podernos casar, pero hay muchos otros lugares en que se prohíbe todavía el matrimonio gay ¿Ustedes están de acuerdo que es un derecho elemental de todas las personas, no es cierto? “¡La marihuana! ¡A todos nos gusta la marihuana y debería ser legal en todas partes!”

Gritos histéricos, cada grito queriendo ser más alto que el grito anterior. El nerviosismo comenzaba a apoderarse de todos conforme pasaban las horas y surgían las más variadas propuestas desde todas partes de aquel conglomerado humano. Nerviosismo que crecía una vez que había quedado demostrado de que los sádicos que estaban detrás de aquello no iban a vacilar en asesinar a cuántas personas fuera necesario hasta completar cualquiera que hubiera sido el estudio macabro que se habían propuesto. Así que finalmente, Jim se decidió:

-¡El cambio climático si existe! El planeta se calienta cada vez más y provoca fenómenos meteorológicos cada vez más intensos. Los científicos concuerdan en que cada vez son más fuertes los huracanes, terremotos, las olas de calor, de frío, las sequías. ¿Estamos todos de acuerdo en que si no hacemos algo por cambiar esto nos vamos a la mierda todos, verdad?

Aún luchaba por recuperar el aliento después de gritar aquello encaramado en una mesa, cuando Jim alcanzó a escuchar:

-“Yo estoy de acuerdo con eso, he leído que hay islas en el Pacífico que en pocos años desaparecerán por la subida del nivel del mar”- mencionó un señor muy delgado que cojeaba por una herida en una pierna, y que se le había quedado mirando cuando comenzó a hablar. -“Dicen por ahí que no, que son inventos de los científicos para ganar más dinero y tener mayor publicidad, pero casi todos los países firmaron ese pacto, el de París creo que era, y si todos los países están de acuerdo en eso, cuando no están de acuerdo en casi nada más, debe ser real”- dijo una muchacha negra con gafas detrás de Jim. ¡Claro que es real! Ahí están los records de temperaturas que se han disparado en todo el mundo, las tormentas son cada vez más fuertes, y sólo un estúpido no lo vería así, ese pudiera ser el consenso entre todos nosotros, a no ser que haya algún maldito descerebrado suicida que no piense así. Así que si alguien no está de acuerdo, que hable”- vociferó un hombre gordo y con cara de pocos amigos que había logrado subirse a la misma mesa que Jim, no sin antes hacer un gran esfuerzo.

Claro, que en un mundo ideal, donde primara el diálogo y la sinceridad, y donde el sentido común indicara que es más importante pasar por descerebrado antes que por muerto, alguien habría dicho: – “Son todas falacias, los cambios climáticos han existido siempre y es sólo una justificación de los ambientalistas para hacer quebrar las grandes compañías y así ganar fama y enriquecerse ellos”. Entonces, se habría pasado a otra propuesta, y listo,  una posibilidad mayor de estar todos vivos cuándo sonara la fatídica bocina nuevamente.

Pero como ya se sabe,  no vivimos en un mundo ideal y la valentía y la sinceridad sí que no es algo común entre los humanos, así que nadie dijo absolutamente nada cuando se corrió de voz en voz la pregunta, teniendo cómo ya era costumbre, a Jim cómo protagonista, yendo de un lugar a otro, intentando explicarse en cada idioma que sabía.

Quizás, en un mundo ideal también, hubiera habido más tiempo y la pregunta hubiera llegado a cada confín de aquella marea humana. Pero el tiempo se agotaba y todos estuvieron de acuerdo en que si nadie había objetado nada, esa tenía que ser la respuesta, o al menos una de las respuestas, así que Jim, con el codo doliéndole cada vez más, se armó de valor y se plantó debajo de la bocina a esperar la llamada terrible.

Obviamente, Jim no contaba con que su valor no fuera todo lo grande que él mismo pensaba, así que, cuando acabando de vociferar la última frase de la respuesta bajo la bocina una bala le entró por el hombro izquierdo, pensó que moriría.  El ardor que sintió fue tan grande que le entumeció toda esa zona y se desplomó al suelo sin sentido. Varias horas después, y una vez que recobró el sentido, el dolor agudo que le recorría todo el torso y el olor de su propia sangre pegada en su camisa le provocó esa extraña alegría que sólo los que han estado al borde de la muerte conocen. Esta vez no se atrevió a abrir los ojos hasta mucho después y deseó enseguida no haberlo hecho. El paisaje que se mostraba ante si era desolador. Sangre por todo el suelo, algunos gemían de dolor por las heridas, otros intentaban vendarse con los trozos de tela que podían alcanzar, y allá, a lo lejos, en una esquina, algunos habían logrado apilar a los cadáveres, una masa inerte a la que todos evitaban mirar, pero que ahí estaba, recordándoles que esta pesadilla no era de esas de las que se acaban al amanecer. Jim reconoció entre ellos al hombre gordo que se había subido a la mesa junto a él. Era evidente que los asesinos no se preocupaban demasiado por cumplir su palabra con aquello de: “aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados” y que con matar a algunos se daban por complacidos en su juego macabro.  A Jim lo invadió entonces una mezcla de rabia, impotencia y culpa. Fue ese mismo momento cuando decidió rendirse, y que la culpa en su conciencia la tuvieran otros.  Decidió dejar de ser la especie de Portavoz de la Muerte en que se había convertido para toda aquella gente, la última voz que probablemente escucharían con cada tentativa fallida. ¡Malditos asesinos! ¿Qué demonios querían probar con esta mierda de juego? ¿Qué todos estaban jodidos? ¿Qué había racistas, xenófobos, potenciales asesinos, y gente a las que no le importaba un carajo el planeta entre todos ellos? Era evidente que nada los unía, o que era algo más allá del más elemental sentido común. Protegerse, sobrevivir a cada toque de bocina para llegar al próximo toque de bocina, esa sería su misión ahora. Va y el miedo a la muerte era lo que los unía a todos, pero va y había algún loco suicida esperando ansioso que le perforaran el cerebro con un balazo. Ya no le importaba.

Día 4

Jim se había incorporado, se había hecho una especie de venda improvisada en el hombro con los restos de su camisa hecha jirones y había visualizado una esquina donde esperaría por el próximo toque de la bocina.  La cabeza le quería estallar de tanto pensar y no tenía ganas de nada. Aquel juego macabro no parecía acabar y aquel grupo de maniáticos asesinos no parecía tener límites ni ningún tipo de moral. Los días sin probar apenas bocado comenzaban a debilitarlo y no podía dejar de pensar en cuan diferentes era su vida hace apenas cuatro días. Daría cualquier cosa por estar ahora mismo en el patio de su casa, sentado bajo los árboles que había trasplantado hacía poco, tomándose una cerveza, mirando a sus hijas jugar con el perro, mientras su esposa preparaba el almuerzo ¿Lo extrañarían? ¿Qué pensarían de esta ausencia tan prolongada?

Un chico, a su lado, con los ojos rojos de llorar, se mecía en cuclillas y se abrazaba las piernas, mientras que casi sin voz, entonaba una melodía, casi un murmullo.

Jim no le prestó demasiada atención en un principio, pero ese sonido le parecía muy familiar. ¿Dónde he escuchado yo esto antes? Intentó descifrar de donde lo conocía. Le parecía algo que había escuchado mil veces antes, algo que lo había acompañado desde siempre.

Entonces, Jim lo supo.

Se levantó cómo espoleado por un resorte y comenzó a hacer preguntas por todas partes, en chino, en inglés, en ruso. Siempre la misma respuesta.

Minutos después, y ante los gritos de terror que provocó una nueva llamada de la bocina, Jim caminó decidido hacia la puerta, ante la mirada aterrorizada y atónita de todos.

– “Todos compartimos en nuestras redes sociales, Facebook, Twitter, etc,  el día previo a que nos trajeran aquí, el video de la famosa canción de Daddy Yankee y Luis Fonsi en Youtube: Despacito.” – exclamó con toda la voz y las fuerzas que aún le quedaban.

La puerta se comenzó a abrir lentamente,  mientras que los fuertes rayos de sol comenzaron a romper la oscuridad, lastimando las pupilas dilatadas de todos, acostumbradas ya a tantos días entre las penumbras.

Afuera, había un cielo azul, despejado y sin nubes. Comenzaron a caminar a lentamente, arrastrando los pies y protegiéndose los ojos de tanta claridad. Mientras, desde la bocina, una melodía inundaba el espacio:

Des pa cito. Quiero respirar tu cuello despacito….”

Mírenme, por favor

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Estás tan acostumbrada a que te miren, que sabes que si el Universo dejase de tener ojos para ti no lo podrías soportar. Desde niña te hicieron entender que eres tremendamente hermosa. Y mamá que te vestía y muchas veces te maquillaba como ella a pesar de tu corta edad, y te llevaba a clases de ballet y de piano.

Así que, por una inercia heredada, adoptaste los patrones que iban acorde al rol que aceptaste interpretar: la coquetería, las miradas de soslayo, la sonrisa tímida, la falsa modestia.

Pero papá y mamá raras veces te abrazaban y besaban. Papá y mamá, que trabajaban mucho y casi no los veías. Mamá y papá casi siempre ausentes. Mientras tu los esperabas todos los días pacientemente para contarles lo que aprendiste en la escuela, para jugar con ellos,  para que te leyeran un cuento antes de dormir.

Ahora te encanta ser objeto público de deseo. Te gusta tanto ser el vértice de halagos y cumplidos que aceptaste el pacto tácito de someter toda tu vida a la mirada de un público completamente anónimo.

Te aterra tanto estar sin esas dosis gigantescas de atención, que se te van olvidando de a poco los pudores imprescindibles que habitan en la intimidad y a su vez, vas olvidando el encanto exclusivo que tienen esos jardines secretos no compartidos. Sin embargo, te entregas a cualquier alabanza fácil, y las buscas, furiosa, cuando no las encuentras. Tu autoestima se mide en los “me gusta” a tus fotos en Facebook, Instagram, y cuanta forma digital encuentras. Personas que nunca has visto personalmente en tu vida.  Se te va secando el misterio, lentamente.

Te has convertido sin darte cuenta en modelo de tu propio desfile de modas, en actriz de tu propia película, en un espejo de ti misma.

Entendiste bien rápido las reglas del juego: mientras te vas haciendo mayor, tu gracia natural va adquiriendo un precio proporcional al paso implacable del tiempo. A nadie le aterra tanto la vejez como a ti, nadie la sufre cómo tú. ¡Nadie te puede entender!

Te repites hoy cómo el eco de lo que realmente puedes ser. Se repite también la imagen de esa niña sonriente y alegre con maillot blanco de ballet, ensayando afanosa una pirouette en el living de la casa y que grita:

-“¡Papá, mamá, mírenme! ¡Ya me sale!”

Pero papá está demasiado ensimismado leyendo el periódico. Mamá casi siempre ocupada en la cocina o demás quehaceres de la casa. Papá pocas veces la mira. Mamá que no la alaba. Papá y mamá que no la abrazan.

Así que te has ido a hurtadillas a buscarles en nuevas caras.

Tan cerca de mí

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Te rodeaba un halo de misterio maravilloso.

Nunca un like de más, nunca un comentario exaltado, nunca un chiste gráfico incitando risas grupales, nunca sumarte a la canción de moda.

Nunca cambiar tu foto de perfil más de dos veces al año.

Nunca seguir de vuelta mis historias en Instagram a pesar de todos mis “Me gusta” en tus fotos.

Y esas fotos melancólicas de muchacha solitaria y sensible. Y esas manos. Y ese pelo.

Ese tipo de misterio. Impenetrable. Místico. Cautivador.

Un día te busqué en Google. Encontré la decisión en un juzgado de hace ocho años con tu nombre. Te habían detenido bebiendo mientras conducías por una autopista, tuviste que pagar una multa y hacer 50 horas de trabajo comunitario.

¡Eras real! ¡Existías!

Todavía recuerdo la primera vez que respondiste a uno de mis mensajes. Fue con un “Gracias” y un emoji.  El emoji avergonzado, por supuesto, tan a tono con tus maneras.

Eras la mujer más bonita, misteriosa, irreal y ausente de mi vida. Y aún así, te sentía tan cerca de mí.

Hasta que desapareciste completamente de Internet. The content you requested cannot be displayed right now, me torturaba Facebook. No se ha encontrado esta página. Puede que hayas usado un enlace incorrecto, me decía Instagram, implacable.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Y entonces me enamoré.

Junior

10590411_10204653257117775_244760397506415265_nLo he visto apenas una vez con anterioridad a esta, en una foto con mi amiga en Instagram, ella todavía entre sábanas y el encima de ella molestándola. Ambos felices y risueños. Ahora lo he conocido y enseguida se ha puesto contento y animado, fascinado por el nuevo especímen humano que lo visita. Me ha puesto su cabeza en las piernas clavándome sus ojos negrazos que me han hablado de un cansancio inmenso. Lo he acariciado distraídamente mientras conversaba con su dueña. Es un labrador negro, manso y fiel,  y va a morir hoy.

Y mientras intentaba darle ánimos a mi amiga, quien me explica lo mucho que él sufría por el cáncer sin cura que lo aquejaba desde hace tantos meses y lo difícil que era para ella esta situación, después de haberlo intentado todo y de tenerlo desde cachorro, me he acordado de Junior.

Junior no se llamaba Junior pero así le decía yo, porque era el delfín de la familia, y por tanto, el objeto de todas nuestras malacrianzas. Y ahora, donde iría el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, hay un salchicha con tremendas orejotas ladrando alto (créanme, muy alto), y así comienza esta película.

Escena #1: Tengo 15 años, y mi papá ha traído a una bola de pelos a la casa.

 —”No puede ser”,  pienso, poniendo mala cara. — “Llevo desde mi más tierna infancia pidiendo un canario, un pez, un gato, algún ser viviente que me acompañe, y ahora en plena adolescencia, cuando ya no hace falta, se aparecen ustedes con esta bola de pelos que sólo chilla y que cagará por doquier, y a la que habrá darle todo tipo de atenciones”. 

Pero no había nada que hacer, si mi papá, ese sargento de la limpieza y el orden, ese ser insumiso que hacía que nos laváramos las manos mi hermano y yo unas 10 veces cuando acariciábamos a un cachorrito para evitar esos millones de gérmenes que según él acechaban prestos a enfermarnos al menor descuido, ahora se pasaba la madrugada entera acariciando e intentando calmar a ese bicho que no cesaba de llorar llamando a su madre. Estábamos todos perdidos.

Escena #2: Tengo 18 años. Junior mueve la cola y ladra estruendosamente en la puerta intuyendo que me dispongo a salir a hacer alguna encomienda, y por tal que haga un poco de silencio, decido llevarlo conmigo. Cerca de mi destino, hay una casa con un patio muy grande donde habitan dos enormes dóbermans que llevan con mucha seriedad su función de cuidar la propiedad. Pero Junior es un tipo bravucón, sin dudas. Siempre fiero frente a estos dos perrazos que lo triplican en tamaño, les comienza a ladrar y les muestra los dientes. Obviamente, reja de por medio. Aprendí que más que fiero, Junior era un tipo sumamente sabio, y un conocedor de la máxima ancestral que reza: mejor decir que aquí corrió, que aquí murió, o lo que es mismo, conocedor de las ventajas evidentes de poner siempre la velocidad en función de la supervivencia en caso de no existir un resguardo en forma de reja.

Escena #3: Tengo 20 años. Un ciclón azota con saña la Habana. Junior anda perdido hace unas cinco horas, afuera ruge el huracán y se está acabando el mundo, y andamos todos desesperados porque no tenemos ni idea de donde está. Bueno, no sabemos donde pero si suponemos haciendo qué. Olvidé decirles que siempre fue todo un romántico, era algo superior a sus perrunas fuerzas, no había perra sata o de alcurnia que necesitara la atención de un macho que allá iba él a hacerle la corte con todos los perros de la comarca. Ahí lo veíamos regresar, a menudo todo mordido y arañado, pero con esa felicidad canina con la que se tiraba a descansar en su manta después del deber cumplido.

—”Lo dejé entrar, estaba todo entripado, tiritando de frío en la puerta, pero fue el único que no se fue cuando comenzaron los rayos y comenzó a soplar feo el viento. Ná, que se ganó a la Negrita, vénganlo a buscar en unos días cuando pase el cicloncito este, creo que la va a pasar mejor que todos nosotros juntos”, nos dijo nuestro vecino cuando finalmente dimos con él.

Creo que oficialmente fue ahí cuando comencé a querer mucho a Junior,  en parte por la preocupación que me ocasionó, en parte por el orgullo de saberlo digno de nuestra casta.

Escena #4: Tengo 22 años. Tengo prueba final de mañana de Cálculo II y me aguarda una larga noche con un montón de integrales por resolver para afilarme bien. Ya el resto de los traidores de mi familia hace rato se recogieron al buen dormir. Y ahí está él. Mirándome fijo con sus ojazos y sintiendo una mezcla de lástima por mi y de esperanza a que vaya a merendar en algún momento y le deje caer algo, pero acompañándome. A veces tirado en mis pies, a veces buscando mi mano para que le acariciara detrás de la oreja, justo donde le gustaba, pero siempre ahí. No me juzguen, pero más de una vez, al regresar contento a casa por una buena nota recibida, se lo decía primero a él. Y se alegraba, yo sé que se alegraba.

Escena #5: Tengo 25 años. Estamos todos en la playa y Junior se ha atrasado en lo que yo y mi hermano nos adentrábamos en el mar. No hacía falta ni llamarlo cuando de agua se trataba. Quizás fuera el hecho de que vivíamos cerquita de la costa, pero se acostumbró rápido al mar desde pequeño y aprendió a nadar con una agilidad realmente admirable.

—”No llega, estamos demasiado lejos, ve a buscarlo, se va a ahogar el pobre bicho, mira el oleaje que hace”, le digo a mi hermano.

Mi hermano me mira de soslayo y se ríe bajito. Junior llegó, medio muerto, tosiendo agua salada, pero llegó. Y no solo eso, sino que después no quería abandonar el agua. Mi hermano, cuyo hobby siempre fue nadar con él, siempre supo que lograría llegar sin problemas.  Yo en cambio,  en ese momento no supe si lo que había criado todos esos años había sido un perro o una nutria. Todavía no lo sé.

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Escena #5: Tengo 27 años. Estoy en Brasil y mi hermano me escribe que Junior ha muerto. Recuerdo haberlo llorado sin lágrimas toda una noche, insomne y lleno de rabia, maldiciendo a esas enfermedades que prefieren a los mejores, en su caso, una que le impedía ver y que no le permitía levantar ya ni los pies. Recuerdo además haber recriminado a mi hermano el hecho de haberle retribuido a tantos años de amor con esa piedad paradójica y brutal de que hacemos gala los humanos, dándole un final rápido e indoloro. Mi hermano, luego de una pausa que yo sabía bien que no era causada por la demora en recibir un mensaje desde Cuba por lo paupérrimo de la comunicación y si por un dolor similar al mío, me dijo algo que me sacudió mis adentros y me hizo admirarlo mucho más que lo que ya lo admiraba:

 —”¿Te imaginas lo difícil que fue para mi estar en todo el proceso y luego cargar con él en una manta? Tan solo se quedó dormido, y nada más. Yo hice un cartelito en el lugar donde lo enterré y puedes estar seguro que cuando vengas, vamos juntos”

Escena #6: Tengo 30 años. Junior murió hace 3 y muchas de mis vivencias con él son recuerdos e imágenes borrosas de infancia y adolescencia que ahora intento plasmar aquí. Nunca más me plantié tener otro perro. Quiero creer que la pequeña fosa en que yace muchos niños juguetean diriamente encima de él. Mi amiga, como hice yo, lo llorará un tiempo y quizás dentro de unos meses será sólo un recuerdo, y cuando el nuevo cachorro haga su entrada ni siquiera eso, porque el olvido sigue siendo nuestro paliativo preferido. Yo intento animarla y me viene a la mente el perro semihundido de Goya, que desde siempre me ha borrado la felicidad y llenado de tristeza por todos esos animalitos que nos llenan de luz, siempre sin esperar nada a cambio, y que a menudo tanto maltratamos.

Detalle de Perro semihundido, de Francisco de Goya

Por estos días, no cesa de llover, recuerdo que aquellos días tristes cuando Junior se fue, también llovía. Creo que entre tantas tristezas,  es un alivio tanta lluvia. No ha de brillar el sol cuando muere un perro bueno.

The End

Nos queda todo

Destacado

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“Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha”.

Le dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en la cara. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante estas últimas semanas, y lo besa en la boca despacio. No le dice: “yo también”. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Pero él sabe que ha sufrido como solo sabe sufrir ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es, esa molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá. Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo y porque su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va, hace que lo que tiene que doler, le duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que le volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.

La gente simple

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– ¿Cuál refresco es este que sabe tan raro y sabroso, mamá ?

Y cuentan que mi mamá, que creció en medio de aquellos tiempos de bonanza soviética,  se echó a llorar, porque yo, con siete años, e inmersos como estábamos en el Período Especial, no sabía aún a que sabía la malta.

Luego me tocó crecer, y esto vino con muchos beneficios, pero con algunos inconvenientes, como por ejemplo, que las preguntas me las comenzaron a hacer a mí.

 – ¿Mira el reloj que me compré el otro día, a qué es lindo? – Me pregunta ella, cubana y residente en Miami como yo, enseñándome en su muñeca su Rolex plateado, lujoso y llamativo.  Y yo no puedo hacer otra cosa que no sea asentir.

 – ¿Sabes para que son esas esferitas que tiene dentro ? – Le pregunto desde la más sincera curiosidad.

– Creo que una indica los días de las semana, las otras dos no se bien, pero mira estos doce diamantitos que tiene, uno en cada hora. ¿Hermosos, verdad ?

Me cuenta además, que le ha costado una pequeña fortuna y sonríe, orgullosa de su logro. La pregunta comienza a revolotearme como una golondrina sobre la cabeza, pero la veo a ella, con sus ojos tan chispeantes como las piedras brillantes de su reloj y tan ilusionada con su valioso objeto, que decido no dejar al ave hacer de las suyas. A fin de cuentas, no creo que sea muy educado preguntarle a alguien por qué gasta cientos de dólares en un reloj que da la hora como cualquier otro, y que tiene ese precio aquí en los Estados Unidos, porque si llega a ser en Latinoamérica, costaría el doble.

Tengo la certeza y asumo que es un problema mío, ya que tengo la manía de nadar contracorriente, pero nunca he comprendido la obsesión de tantas personas por las marcas y me aterran los precios exorbitantes que veo por todos lados tan solo entro en un centro comercial, pero no tanto como me asustan las ganas que tienen muchos de pagarlos. Suelto entonces nuevamente a mi golondrina curiosa e intento buscarle explicaciones a mi fobia.

Puedo comprender que mi amiga tenga algún tipo de trauma por las escaseces que nos tocó vivir en Cuba y que se escude en la idea de que los productos de marca tienen más calidad, lo cual muchas veces es cierto. Pero luego pienso en mi mamá llorando de tristeza porque no conocía la malta, visualizo también a mi relojito digital Casio, el mismo que usé toda la primaria y al que tuve que cambiarle la manilla tres veces, pero que aguantó aguaceros estoicamente y dio siempre la hora exacta. Pienso además en un montón de amigos nacidos en similares circunstancias,  y que solo necesitan un par de zapatos donde meter los dedos para caminar, o unas gafas para protegerse del sol, o un bolso para llevar cosas. Ya que al final, ¿que cosa es un bolso, sino un algo para echar el celular, la cartera, el libro (ah, que más quisiera yo, pero déjenme soñar un poco) y otros mil tarecos del diario que necesitamos todos?  ¿Cómo es posible entonces que cueste cuatro meses de salario? ¿Cómo es posible que alguien lo escoja cuando pueden comprarse cien bolsos por un quinto de ese precio? ¿Sólo porque lo dicen los sabios señores de Chanel, Prada o Gucci?

¿Quién dio el pistoletazo de salida para esta carrera donde todos persiguen furiosos todo aquello que tenga un cartelito? No importa que no sea funcional o elegante, cualquier objeto con una marca es automáticamente santificado. No importa a donde se mire, no se habla de otra cosa, los tentáculos de la moda de turno te llena los ojos y todo son marcas, marcas, marcas….Nadie es inmune, todos caemos en la tentación, aunque cada cual tiene la elección de aplicarse el antídoto de vez en cuando.

– No le des más vueltas. No creo que las grandes marcas se hayan hecho para los locos como tu y tus amigos, que se sientan en la hierba mojada a esperar a que comience el concierto, mientras reverencian a la única marca que saben reverenciar: la del ron Santiago.  Tampoco creo que sean las carencias las que la hagan diferente a ella de ti y de esos amigos tuyos. Sentido común amigo mío, es el sentido común. A la gente simple le bastan las cosas simples, quédate con eso.  – Me dice desde las alturas mi amiga alada.

– Y a propósito…¿Cuál era la marca de aquella malta tan sabrosa?

Comodidades

El roce de una mano, en tu mano, caminando por la calle.

El viento. Los flamboyanes rojos. El viento jugando en los flamboyanes rojos.

El olor a vida primigenia que despide la hierba recién cortada.

La canción que te gusta, de repente, en la radio.

Hacer el amor hasta que duela.

Mirarte al espejo y parecerte cada vez más a tu viejo.

Abrazar a un amigo de improviso, cuando menos se lo espere, pensando en que quizás sea cuando más lo necesite.

Los zapatos y los calzoncillos cómodos. Y las medias de lana.

El primer sorbo de café, al levantarse.

Un jabón que huele a tu mamá.

Resolver un problema matemático. Y gritar…Eureka ! para hacerlo más emocionante.

Los colores del otoño.

Tirarse en la hierba, a observar la luna llena o a buscar figuras en las nubes.

Los buenos recuerdos que otros tienen de ti.

Pertenecer a uno de las pocas especies del reino animal, cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. Parece un chiste, pero no lo es.

Sentir el olor a mar al atardecer, o por la mañanita temprano. Y dejar que te llene los pulmones.

El intervalo que existe entre el relámpago y el trueno.

Invitarla finalmente a un trago. Sentir la adrenalina, el cosquilleo, el llamado de la jungla, de ese momento antes de hablarle.

La risa de tu hermano cuando explota y te contagia.

Ejercer de voyeur, como James Stewart en la Ventana Indiscreta o como Amélie, y descubrir a una vecina adorable.

Mirar las cicatrices que te recuerdan las trastadas y los amigos de la infancia.

Oir a los Beatles en un playlist aleatorio, o a Silvio, o a Chico, y cantar cada tema bien alto. O creerse Freddie y cantar bien alto eso de Scaramouch, scaramouch will you do the fandango, como si tuviéramos idea de lo que significa. Contar los últimos días antes de que salga el disco de tu banda preferida, para luego no poder escuchar nada más por días y días.

Un familiar o amigo que ya no tiene fiebre.

Sentarse en un banco en un parque,  y observar, simplemente.

Los primeros días de (casi) todo.

Dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Despertarse a las 12, y volver a dormir hasta estar cansado de tanto dormir.  Dormir con ropa después de una borrachera. No fregar ni un carajo hasta mañana. Eructar. Y tirarse un peo sonoro. Vamos, dejémonos el lirismo un momento, que estas comodidades mundanas, son las verdaderas. Y lo sabes.

Cualquier vino, en una buena compañía.

Conseguir acabar un libro, y sentir la melancolía, el desasosiego, pero también la alegría. Sentirse como un niño de nuevo releyendo a Verne, a Herminio Almendros o a Horacio Quiroga.

Salir a andar, sin tener ni prisa, ni destino fijo. Y sin Google Maps, no sean papanatas.

Irse a Youtube, teclear: Les Luthiers, Charlie Chaplin, Mr Bean, Buster Keaton, Benny Hill, Cantinflas.  Acomodarse. Y gozar.

El aire húmedo antes de la tormenta que viene.

Los músicos callejeros. Pero los que tienen instrumentos de verdad y hacen música de verdad.

La riqueza maravillosa de la lengua española. Poder jugar con palabras como gárgola, alba, sempiterno, ánfora, almendrado, epifanía, luminiscencia, aurora. Poder también escribir metáforas como “tenía la sonrisa nacarada, los ojos de un negro tan intenso como dos ventanas abiertas al cielo en una noche de verano y unas curvas apocalípticas marcadas por la majestuosidad del mar” y que te entiendan. O decir: “era una mujer hermosa y estaba buenísima”, y que te entiendan igual.

Comerse un glorioso, fenomenal, fabuloso, alucinante, pote de dulce de leche, a cucharadas.

Coger un mango, directamente del árbol. Uno dulce y enorme. Chupar la semilla sin importar los pelitos entre los dientes. Sentir, como lo debieron sentir nuestros abuelos en el Paleolítico, como el zumo se escurre entre los dedos.

Engancharse una mochila, caminar cuesta arriba, sudar, maldecir, casi desfallecer, y revivir con una vista como esta como recompensa.

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Mirador do Parque da Cidade, Niterói, Rio de Janeiro

Escribir un poema, narrar una historia, o hacer una lista tonta como esta, por el solo placer de hace una lista tonta como esta.

Las películas francesas. Vale, el buen cine. Pero las películas francesas.

Ver a un actor, haciendo una representación quebrantahuesos de una obra de Shakespeare, como Dios manda.

Bailar tonta y felizmente,  y provocar la risa de todos, pero la tuya de primera, como el amigo Matt aquí.

Acumular datos inútiles, como que el graznido de un pato no hace eco y nadie sabe porqué, o que el 15% de las mujeres americanas se mandan flores a si mismas en el día de los enamorados, y descubrir que al otro lado de la red existe una amiga tan friki como tú (o quizás más), quien no se autoenvía flores el día de los enamorados, pero que se maravilla contigo de todo esto.

Encontrar a Geraldine en los confines de Internet, y quedarse absorto mirándola, maravillándose de su belleza melancólica y decadente.

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Enamorarse de una voz como la de Adriana, que es un remanso, un campo de margaritas, un universo paralelo y un “abrázame bajo la manta, muchacha, que tengo frío”.

 

Para todo lo demás, y si tienes tan mala suerte de no tener tus propias comodidades ensanchapecho, está MasterCard

Formas de regresar a casa…y de no.

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—E você, cubano, tem saudade de Cuba ? —me ha preguntado casi gritando una amiga, con la música estridente de fondo, en uno de esos encuentros de amigos  llenos de ruido y cervezas, tan a la carioca way.

He tenido que ponerme a meditar la respuesta, no por la caipirinha  que tenía en la mano, sino porque he necesitado sentirla adentro, y porque es la única manera que conozco de hablar de ciertas cosas.

Cuba son mis abuelos y bisabuelos, dos muy blancos y dos medio mulatos, descendientes de canarios unos, de  franceses otros,  devotos de la Virgen de la Caridad del Cobre todos.

Cuba es el sofrito y el potaje insuperable de mi mamá los domingos al mediodía y la natilla y el pudín de mi abuela. Y el no poder disfrutar nada de esto a placer, porque si te demoras mucho los primos te dan alante en la segunda vuelta.

Cuba es mi madre, con sus ojos soñadores de muchacha eterna. Y sus fotos ocre de los 70 donde aparece con su belleza de valkiria y pantalones campana, lista para partir al concierto de algún trovador desgarbado de voz finita.

Cuba es mi padre enseñándome a jugar pelota en un parque, sus lecciones de hombre rudo pero cariñoso, y la imagen de un tipo poniendo tablas  él solo para construir una barbacoa en un cuarto de Centro Habana donde pudiera vivir su familia.

Cuba es mi hermano y mis primos, mis cómplice de todo; y mis amigos, y la fiera terquedad con que seguimos unidos, donde quiera que estemos.

Cuba son mis primeros amores, y el vendedor de maní pregonando allá afuera en lo que yo amaba a alguien por un para siempre que resultó ser muy corto. Y las risas, y las manos, y los ojos de una muchacha linda, y los primeros “ay, coño, sí…” de orgasmos en medio de un cuarto de ventanas altas,con persianas de madera y calor asfixiante.

Cuba es Silvio y Pablo, y el Benny y Lecuona, y Compay, y María Teresa, y los Van Van y el Bola, que canta que ay amor, si te llevas la vida.

Cuba es La Habana del cielo azul más azul de todos los azules,  la luna cuarto menguante cuando aún es de tarde,  los árboles y los amigos que ya no están,  el trueno de las cinco de la tarde, las lagartijas en las orejas como aretes, el jugo de naranjas, los casquitos de guayaba con queso, las motocicletas con sidecar,  las auras tiñosas, los libros forrados, los despertadores de plástico, el baño en el primer aguacero de mayo, las ceibas y los flamboyanes, los tibores, los trompos y los papalotes, el bigote de todos los hombres de la familia, las camisetas blancas, los bancos de mármol en los parques, los caramelos de colores, los libros de aventuras usados, los gritos de: quieto, quieto ! viendo una jugada apretada en la pelota con tu abuelo, los erizos de la costa, los cucuruchos de maní y los merenguitos, los adoquines, el canto de un gallo que los domingos despertaba a todos, las lámparas de luz fría y los quinqués, el sabor de un mango estallando en la boca, y el mar.

De esa Cuba não tenho saudade. Porque a esa Cuba la llevo dentro. Esa Cuba soy yo.

Pero hay otra Cuba, totalmente diferente. Una Cuba que se va adentrando en la barbarie y que se está traicionando a si misma. Traiciona a otra Cuba posible y aún alcanzable, una que soñaron gente luminosa y valerosa, donde el hombre fuera hombre por sobre raza, credo, estatus social, de salud y educación para todos, y que brindara lo poco que se tuviera para ayudar a otros hombres del mundo. Pero sobre todo, que promoviera el bienestar y las libertades de todos los cubanos.

Una Cuba enceguecida de tanto miedo, que defendiendo a ultranza a una soberanía que sin dudas merece ser defendida, ladra y muerde al que se le acerca, sin valorar sus intenciones. Una Cuba que ha decidido ponerle el prefijo “ex”, a cubanos que decidan pisar otras tierras o abrazar una ideología diferente. Una Cuba necia, que enseña a sus periodistas que se debe ser siempre fiel a la verdad, pero que es capaz de encarcelarlos cuando alguno de ellos, jóvenes comprometidos con su gente, osa refutar alguna de las máscaras que esta Cuba presenta al mundo.

Una Cuba en la que no puedes vivir con lo que ganas. No para comprarte las grandes cosas, los lujos, las joyas, los viajes, los autos del año, o la casa modernísima. Es poder ilusionarte con algo tan ínfimo como el último libro de tu escritor preferido,  el próximo concierto del grupo que más te gusta o el vestido que viste expuesto en una vidriera sin que la sombra de la necesidad te nuble el momento, y sin que para ello haga falta algo más que tu trabajo.

Una Cuba a la que regreso una vez al año luego de mucho estudiar, cargado de ilusiones y sueños, y que me rompe la vida al ser recibido por la visión de mi vecino, un mulato descendiente de mambises,  fidelista, revolucionario, y leal como las palmas reales, pero que para sobrevivir con algo más de la irrisoria pensión que le asignan, tiene que vender jabitas de naylon en la calle, luego de una vida de sacrificio, y uno le ve la tristeza en los ojos de quien ve ese mismo futuro para sus hijos, y para los hijos de sus hijos.

Asim que não, amiga minha. Não tenho saudade de esa Cuba Saturna que de a poco devora a sus hijos, o los ahoga hasta obligarlos a marcharse, y que se va devorando a sí misma.

No, no y no.

¿Para qué sirve mi hermano?

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Sirve para verlo, cada vez que cierro los ojos, muy serio y con sus ojos grandes llorosos, cuando todos coincidíamos muy formales, en lo sucio que estaba cuando nos lo encontramos en la basura, llenito de pies a cabeza de espaguetis.

Sirve para recordar, como si hubiese sido ayer, el día que me llené el dedo gordo de espinas de erizos porque se le antojó jugar de manos en la costa, precisamente aquel día, con ese  tremendo oleaje.

Sirve para no haber tenido pulovers, ni jeans, ni zapatos propios, y para verlo ahí, sintiéndose heredero de mis tenis, sabiendo que  yo nunca cabría en los suyos.

Sirve para verlo allá arriba, sonriendo en los hombros de mi papá en los conciertos, mientras que yo me resignaba a caminar por los siglos de los siglos.

Sirve para verlo llegar a la casa, con cara de fastidio, porque otra  maestra comentó que si “cuando tu hermano fue mi alumno esto o cuando tu hermano fue mi alumno lo otro”.

Sirve para azuzar al viejo en la bicicleta a que cogiera a aquel que va allá adelante, y “dale, que tu puedes, que hoy mamá hizo un desayuno reforzado”.

Sirve para que te cuente chistes tan re-pesaísimos y absurdos que al final acabamos los dos rodando por el piso de la risa por lo bien que él los cuenta.

Sirve para hacerme de taxista gratis a los confines de la Habana, batear a la zurda mejor que yo y dejarme salir adelante en las carreras de natación, para luego ganarme sin mayores contratiempos.

Sirve para cagarme en la perra genética, por como me gana en el pulso sin haber hecho nunca ejercicios, o por como presume de lo bonito que es, de lo superior que es su pelo al mío, o de como lo miran las titis del barrio.

Sirve para ir juntos al Latino y gritar alto por los Industriales y para mandarnos mensajes  burlándonos cada vez que Cristiano Ronaldo o Messi le meten un gol al otro.

Sirve para resolver todos los problemas casero-tecnológicos que me dan tanta pereza y que si el está cerca no parecen problemas, como aquella ducha rota que arregló en lo que yo googleaba “como reparar una ducha”.

Sirve como actualizador de todos los temas nuevos de la timba y el reguetón, de los cortes de pelo y de que como se usan los jeans en la Habana.

Sirve para vender unos zapatos a cualquiera en la calle en 10 minutos, después de yo lo intentara sin éxito por 2 horas.

Sirve para estar mil días separados y respirar aliviados el día que por fin compartimos par de cervezas en lo que la brisa marina nos refresca la cara.

Sirve para ver lo muchísimo que nos parecemos más allá de las mil diferencias que ven todos.

Sirve para ver como se miran papá y él sin que ninguno de los dos se de cuenta de cómo lo mira el otro, ni de como los miro yo.

Sirve para cantar juntos esta canción en el carro, por todo el malecón habanero.

Pero sobre todo sirve para decirle que lo extraño, hoy, un día cualquiera que no es su cumpleaños ni nada, para decirle también que lo quiero mucho y necesito que lo sepa, hermanito de los espaguetis.