Mírenme, por favor

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Estás tan acostumbrada a que te miren, que sabes que si el Universo dejase de tener ojos para ti no lo podrías soportar. Desde niña te hicieron entender que eres tremendamente hermosa. Y mamá que te vestía y muchas veces te maquillaba como ella a pesar de tu corta edad, y te llevaba a clases de ballet y de piano.

Así que, por una inercia heredada, adoptaste los patrones que iban acorde al rol que aceptaste interpretar: la coquetería, las miradas de soslayo, la sonrisa tímida, la falsa modestia.

Pero papá y mamá raras veces te abrazaban y besaban. Papá y mamá, que trabajaban mucho y casi no los veías. Mamá y papá casi siempre ausentes. Mientras tu los esperabas todos los días pacientemente para contarles lo que aprendiste en la escuela, para jugar con ellos,  para que te leyeran un cuento antes de dormir.

Ahora te encanta ser objeto público de deseo. Te gusta tanto ser el vértice de halagos y cumplidos que aceptaste el pacto tácito de someter toda tu vida a la mirada de un público completamente anónimo.

Te aterra tanto estar sin esas dosis gigantescas de atención, que se te van olvidando de a poco los pudores imprescindibles que habitan en la intimidad y a su vez, vas olvidando el encanto exclusivo que tienen esos jardines secretos no compartidos. Sin embargo, te entregas a cualquier alabanza fácil, y las buscas, furiosa, cuando no las encuentras. Tu autoestima se mide en los “me gusta” a tus fotos en Facebook, Instagram, y cuanta forma digital encuentras. Personas que nunca has visto personalmente en tu vida.  Se te va secando el misterio, lentamente.

Te has convertido sin darte cuenta en modelo de tu propio desfile de modas, en actriz de tu propia película, en un espejo de ti misma.

Entendiste bien rápido las reglas del juego: mientras te vas haciendo mayor, tu gracia natural va adquiriendo un precio proporcional al paso implacable del tiempo. A nadie le aterra tanto la vejez como a ti, nadie la sufre cómo tú. ¡Nadie te puede entender!

Te repites hoy cómo el eco de lo que realmente puedes ser. Se repite también la imagen de esa niña sonriente y alegre con maillot blanco de ballet, ensayando afanosa una pirouette en el living de la casa y que grita:

-“¡Papá, mamá, mírenme! ¡Ya me sale!”

Pero papá está demasiado ensimismado leyendo el periódico. Mamá casi siempre ocupada en la cocina o demás quehaceres de la casa. Papá pocas veces la mira. Mamá que no la alaba. Papá y mamá que no la abrazan.

Así que te has ido a hurtadillas a buscarles en nuevas caras.

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Tan cerca de mí

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Te rodeaba un halo de misterio maravilloso.

Nunca un like de más, nunca un comentario exaltado, nunca un chiste gráfico incitando risas grupales, nunca sumarte a la canción de moda.

Nunca cambiar tu foto de perfil más de dos veces al año.

Nunca seguir de vuelta mis historias en Instagram a pesar de todos mis “Me gusta” en tus fotos.

Y esas fotos melancólicas de muchacha solitaria y sensible. Y esas manos. Y ese pelo.

Ese tipo de misterio. Impenetrable. Místico. Cautivador.

Un día te busqué en Google. Encontré la decisión en un juzgado de hace ocho años con tu nombre. Te habían detenido bebiendo mientras conducías por una autopista, tuviste que pagar una multa y hacer 50 horas de trabajo comunitario.

¡Eras real! ¡Existías!

Todavía recuerdo la primera vez que respondiste a uno de mis mensajes. Fue con un “Gracias” y un emoji.  El emoji avergonzado, por supuesto, tan a tono con tus maneras.

Eras la mujer más bonita, misteriosa, irreal y ausente de mi vida. Y aún así, te sentía tan cerca de mí.

Hasta que desapareciste completamente de Internet. The content you requested cannot be displayed right now, me torturaba Facebook. No se ha encontrado esta página. Puede que hayas usado un enlace incorrecto, me decía Instagram, implacable.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Y entonces me enamoré.

La gente simple

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– ¿Cuál refresco es este que sabe tan raro y sabroso, mamá ?

Y cuentan que mi mamá, que creció en medio de aquellos tiempos de bonanza soviética,  se echó a llorar, porque yo, con siete años, e inmersos como estábamos en el Período Especial, no sabía aún a que sabía la malta.

Luego me tocó crecer, y esto vino con muchos beneficios, pero con algunos inconvenientes, como por ejemplo, que las preguntas me las comenzaron a hacer a mí.

 – ¿Mira el reloj que me compré el otro día, a qué es lindo? – Me pregunta ella, cubana y residente en Miami como yo, enseñándome en su muñeca su Rolex plateado, lujoso y llamativo.  Y yo no puedo hacer otra cosa que no sea asentir.

 – ¿Sabes para que son esas esferitas que tiene dentro ? – Le pregunto desde la más sincera curiosidad.

– Creo que una indica los días de las semana, las otras dos no se bien, pero mira estos doce diamantitos que tiene, uno en cada hora. ¿Hermosos, verdad ?

Me cuenta además, que le ha costado una pequeña fortuna y sonríe, orgullosa de su logro. La pregunta comienza a revolotearme como una golondrina sobre la cabeza, pero la veo a ella, con sus ojos tan chispeantes como las piedras brillantes de su reloj y tan ilusionada con su valioso objeto, que decido no dejar al ave hacer de las suyas. A fin de cuentas, no creo que sea muy educado preguntarle a alguien por qué gasta cientos de dólares en un reloj que da la hora como cualquier otro, y que tiene ese precio aquí en los Estados Unidos, porque si llega a ser en Latinoamérica, costaría el doble.

Tengo la certeza y asumo que es un problema mío, ya que tengo la manía de nadar contracorriente, pero nunca he comprendido la obsesión de tantas personas por las marcas y me aterran los precios exorbitantes que veo por todos lados tan solo entro en un centro comercial, pero no tanto como me asustan las ganas que tienen muchos de pagarlos. Suelto entonces nuevamente a mi golondrina curiosa e intento buscarle explicaciones a mi fobia.

Puedo comprender que mi amiga tenga algún tipo de trauma por las escaseces que nos tocó vivir en Cuba y que se escude en la idea de que los productos de marca tienen más calidad, lo cual muchas veces es cierto. Pero luego pienso en mi mamá llorando de tristeza porque no conocía la malta, visualizo también a mi relojito digital Casio, el mismo que usé toda la primaria y al que tuve que cambiarle la manilla tres veces, pero que aguantó aguaceros estoicamente y dio siempre la hora exacta. Pienso además en un montón de amigos nacidos en similares circunstancias,  y que solo necesitan un par de zapatos donde meter los dedos para caminar, o unas gafas para protegerse del sol, o un bolso para llevar cosas. Ya que al final, ¿que cosa es un bolso, sino un algo para echar el celular, la cartera, el libro (ah, que más quisiera yo, pero déjenme soñar un poco) y otros mil tarecos del diario que necesitamos todos?  ¿Cómo es posible entonces que cueste cuatro meses de salario? ¿Cómo es posible que alguien lo escoja cuando pueden comprarse cien bolsos por un quinto de ese precio? ¿Sólo porque lo dicen los sabios señores de Chanel, Prada o Gucci?

¿Quién dio el pistoletazo de salida para esta carrera donde todos persiguen furiosos todo aquello que tenga un cartelito? No importa que no sea funcional o elegante, cualquier objeto con una marca es automáticamente santificado. No importa a donde se mire, no se habla de otra cosa, los tentáculos de la moda de turno te llena los ojos y todo son marcas, marcas, marcas….Nadie es inmune, todos caemos en la tentación, aunque cada cual tiene la elección de aplicarse el antídoto de vez en cuando.

– No le des más vueltas. No creo que las grandes marcas se hayan hecho para los locos como tu y tus amigos, que se sientan en la hierba mojada a esperar a que comience el concierto, mientras reverencian a la única marca que saben reverenciar: la del ron Santiago.  Tampoco creo que sean las carencias las que la hagan diferente a ella de ti y de esos amigos tuyos. Sentido común amigo mío, es el sentido común. A la gente simple le bastan las cosas simples, quédate con eso.  – Me dice desde las alturas mi amiga alada.

– Y a propósito…¿Cuál era la marca de aquella malta tan sabrosa?

Pobrecita, carajo.

A ella, y a la vez, a todas. Muchachas de cabellos revueltos y de inexplicables risas de mañana, que de tan lejos, aún escucho. Explícale. Explícaselo tu, Julio.

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“Allí donde esté tiene el pelo ardiendo como una torre y me quema desde lejos, me hace pedazos nada más que con su ausencia. Y patatí y patatá. Se va a arreglar perfectamente sin mí y sin Rocamadour. Una mosca azul, preciosa, volando al sol, golpeándose alguna vez contra un vidrio, zas, le sangra la nariz, una tragedia. Dos minutos después tan contenta, comprándose una figurita en una papelería y corriendo a meterla en un sobre y mandársela a una de sus vagas amigas con nombres nórdicos, desparramadas en los países más increíbles. ¿ Cómo le podés tener lástima a una gata, a una leona? Máquinas de vivir, perfectos relámpagos. Mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente, y he aquí que le resultó un jarrito de agua en el pescuezo. Pobrecita, carajo” (Rayuela,Capítulo 33)