Junior

10590411_10204653257117775_244760397506415265_nLo he visto apenas una vez con anterioridad a esta, en una foto con mi amiga en Instagram, ella todavía entre sábanas y el encima de ella molestándola. Ambos felices y risueños. Ahora lo he conocido y enseguida se ha puesto contento y animado, fascinado por el nuevo especímen humano que lo visita. Me ha puesto su cabeza en las piernas clavándome sus ojos negrazos que me han hablado de un cansancio inmenso. Lo he acariciado distraídamente mientras conversaba con su dueña. Es un labrador negro, manso y fiel,  y va a morir hoy.

Y mientras intentaba darle ánimos a mi amiga, quien me explica lo mucho que él sufría por el cáncer sin cura que lo aquejaba desde hace tantos meses y lo difícil que era para ella esta situación, después de haberlo intentado todo y de tenerlo desde cachorro, me he acordado de Junior.

Junior no se llamaba Junior pero así le decía yo, porque era el delfín de la familia, y por tanto, el objeto de todas nuestras malacrianzas. Y ahora, donde iría el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, hay un salchicha con tremendas orejotas ladrando alto (créanme, muy alto), y así comienza esta película.

Escena #1: Tengo 15 años, y mi papá ha traído a una bola de pelos a la casa.

 —”No puede ser”,  pienso, poniendo mala cara. — “Llevo desde mi más tierna infancia pidiendo un canario, un pez, un gato, algún ser viviente que me acompañe, y ahora en plena adolescencia, cuando ya no hace falta, se aparecen ustedes con esta bola de pelos que sólo chilla y que cagará por doquier, y a la que habrá darle todo tipo de atenciones”. 

Pero no había nada que hacer, si mi papá, ese sargento de la limpieza y el orden, ese ser insumiso que hacía que nos laváramos las manos mi hermano y yo unas 10 veces cuando acariciábamos a un cachorrito para evitar esos millones de gérmenes que según él acechaban prestos a enfermarnos al menor descuido, ahora se pasaba la madrugada entera acariciando e intentando calmar a ese bicho que no cesaba de llorar llamando a su madre. Estábamos todos perdidos.

Escena #2: Tengo 18 años. Junior mueve la cola y ladra estruendosamente en la puerta intuyendo que me dispongo a salir a hacer alguna encomienda, y por tal que haga un poco de silencio, decido llevarlo conmigo. Cerca de mi destino, hay una casa con un patio muy grande donde habitan dos enormes dóbermans que llevan con mucha seriedad su función de cuidar la propiedad. Pero Junior es un tipo bravucón, sin dudas. Siempre fiero frente a estos dos perrazos que lo triplican en tamaño, les comienza a ladrar y les muestra los dientes. Obviamente, reja de por medio. Aprendí que más que fiero, Junior era un tipo sumamente sabio, y un conocedor de la máxima ancestral que reza: mejor decir que aquí corrió, que aquí murió, o lo que es mismo, conocedor de las ventajas evidentes de poner siempre la velocidad en función de la supervivencia en caso de no existir un resguardo en forma de reja.

Escena #3: Tengo 20 años. Un ciclón azota con saña la Habana. Junior anda perdido hace unas cinco horas, afuera ruge el huracán y se está acabando el mundo, y andamos todos desesperados porque no tenemos ni idea de donde está. Bueno, no sabemos donde pero si suponemos haciendo qué. Olvidé decirles que siempre fue todo un romántico, era algo superior a sus perrunas fuerzas, no había perra sata o de alcurnia que necesitara la atención de un macho que allá iba él a hacerle la corte con todos los perros de la comarca. Ahí lo veíamos regresar, a menudo todo mordido y arañado, pero con esa felicidad canina con la que se tiraba a descansar en su manta después del deber cumplido.

—”Lo dejé entrar, estaba todo entripado, tiritando de frío en la puerta, pero fue el único que no se fue cuando comenzaron los rayos y comenzó a soplar feo el viento. Ná, que se ganó a la Negrita, vénganlo a buscar en unos días cuando pase el cicloncito este, creo que la va a pasar mejor que todos nosotros juntos”, nos dijo nuestro vecino cuando finalmente dimos con él.

Creo que oficialmente fue ahí cuando comencé a querer mucho a Junior,  en parte por la preocupación que me ocasionó, en parte por el orgullo de saberlo digno de nuestra casta.

Escena #4: Tengo 22 años. Tengo prueba final de mañana de Cálculo II y me aguarda una larga noche con un montón de integrales por resolver para afilarme bien. Ya el resto de los traidores de mi familia hace rato se se recogieron al buen dormir. Y ahí está él. Mirándome fijo con sus ojazos y sintiendo una mezcla de lástima por mi y de esperanza a que vaya a merendar en algún momento y le deje caer algo, pero acompañándome. A veces tirado en mis pies, a veces buscando mi mano para que le acariciara detrás de la oreja, justo donde le gustaba, pero siempre ahí. No me juzguen, pero más de una vez, al regresar contento a casa por una buena nota recibida, se lo decía primero a él. Y se alegraba, yo sé que se alegraba.

Escena #5: Tengo 25 años. Estamos todos en la playa y Junior se ha atrasado en lo que yo y mi hermano nos adentrábamos en el mar. No hacía falta ni llamarlo cuando de agua se trataba. Quizás fuera el hecho de que vivíamos cerquita de la costa, pero se acostumbró rápido al mar desde pequeño y aprendió a nadar con una agilidad realmente admirable.

—”No llega, estamos demasiado lejos, ve a buscarlo, se va a ahogar el pobre bicho, mira el oleaje que hace”, le digo a mi hermano.

Mi hermano me mira de soslayo y se ríe bajito. Junior llegó, medio muerto, tosiendo agua salada, pero llegó. Y no solo eso, sino que después no quería abandonar el agua. Mi hermano, cuyo hobby siempre fue nadar con él, siempre supo que lograría llegar sin problemas.  Yo en cambio,  en ese momento no supe si lo que había criado todos esos años había sido un perro o una nutria. Todavía no lo sé.

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Escena #5: Tengo 27 años. Estoy en Brasil y mi hermano me escribe que Junior ha muerto. Recuerdo haberlo llorado sin lágrimas toda una noche, insomne y lleno de rabia, maldiciendo a esas enfermedades que prefieren a los mejores, en su caso, una que le impedía ver y que no le permitía levantar ya ni los pies. Recuerdo además haber recriminado a mi hermano el hecho de haberle retribuido a tantos años de amor con esa piedad paradójica y brutal de que hacemos gala los humanos, dándole un final rápido e indoloro. Mi hermano, luego de una pausa que yo sabía bien que no era causada por la demora en recibir un mensaje desde Cuba por lo paupérrimo de la comunicación y si por un dolor similar al mío, me dijo algo que me sacudió mis adentros y me hizo admirarlo mucho más que lo que ya lo admiraba:

 —”¿Te imaginas lo difícil que fue para mi estar en todo el proceso y luego cargar con él en una manta? Tan solo se quedó dormido, y nada más. Yo hice un cartelito en el lugar donde lo enterré y puedes estar seguro que cuando vengas, vamos juntos”

Escena #6: Tengo 30 años. Junior murió hace 3 y muchas de mis vivencias con él son recuerdos e imágenes borrosas de infancia y adolescencia que ahora intento plasmar aquí. Nunca más me plantié tener otro perro. Quiero creer que la pequeña fosa en que yace muchos niños juguetean diriamente encima de él. Mi amiga, como hice yo, lo llorará un tiempo y quizás dentro de unos meses será sólo un recuerdo, y cuando el nuevo cachorro haga su entrada ni siquiera eso, porque el olvido sigue siendo nuestro paliativo preferido. Yo intento animarla y me viene a la mente el perro semihundido de Goya, que desde siempre me ha borrado la felicidad y llenado de tristeza por todos esos animalitos que nos llenan de luz, siempre sin esperar nada a cambio, y que a menudo tanto maltratamos.

Detalle de Perro semihundido, de Francisco de Goya

Por estos días, no cesa de llover, recuerdo que aquellos días tristes cuando Junior se fue, también llovía. Creo que entre tantas tristezas,  es un alivio tanta lluvia. No ha de brillar el sol cuando muere un perro bueno.

The End

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Nos queda todo

Destacado

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“Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha”.

Le dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en la cara. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante estas últimas semanas, y lo besa en la boca despacio. No le dice: “yo también”. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Pero él sabe que ha sufrido como solo sabe sufrir ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es, esa molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá. Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo y porque su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va, hace que lo que tiene que doler, le duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que le volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.

La gente simple

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– ¿Cuál refresco es este que sabe tan raro y sabroso, mamá ?

Y cuentan que mi mamá, que creció en medio de aquellos tiempos de bonanza soviética,  se echó a llorar, porque yo, con siete años, e inmersos como estábamos en el Período Especial, no sabía aún a que sabía la malta.

Luego me tocó crecer, y esto vino con muchos beneficios, pero con algunos inconvenientes, como por ejemplo, que las preguntas me las comenzaron a hacer a mí.

 – ¿Mira el reloj que me compré el otro día, a qué es lindo? – Me pregunta ella, cubana y residente en Miami como yo, enseñándome en su muñeca su Rolex plateado, lujoso y llamativo.  Y yo no puedo hacer otra cosa que no sea asentir.

 – ¿Sabes para que son esas esferitas que tiene dentro ? – Le pregunto desde la más sincera curiosidad.

– Creo que una indica los días de las semana, las otras dos no se bien, pero mira estos doce diamantitos que tiene, uno en cada hora. ¿Hermosos, verdad ?

Me cuenta además, que le ha costado una pequeña fortuna y sonríe, orgullosa de su logro. La pregunta comienza a revolotearme como una golondrina sobre la cabeza, pero la veo a ella, con sus ojos tan chispeantes como las piedras brillantes de su reloj y tan ilusionada con su valioso objeto, que decido no dejar al ave hacer de las suyas. A fin de cuentas, no creo que sea muy educado preguntarle a alguien por qué gasta cientos de dólares en un reloj que da la hora como cualquier otro, y que tiene ese precio aquí en los Estados Unidos, porque si llega a ser en Latinoamérica, costaría el doble.

Tengo la certeza y asumo que es un problema mío, ya que tengo la manía de nadar contracorriente, pero nunca he comprendido la obsesión de tantas personas por las marcas y me aterran los precios exorbitantes que veo por todos lados tan solo entro en un centro comercial, pero no tanto como me asustan las ganas que tienen muchos de pagarlos. Suelto entonces nuevamente a mi golondrina curiosa e intento buscarle explicaciones a mi fobia.

Puedo comprender que mi amiga tenga algún tipo de trauma por las escaseces que nos tocó vivir en Cuba y que se escude en la idea de que los productos de marca tienen más calidad, lo cual muchas veces es cierto. Pero luego pienso en mi mamá llorando de tristeza porque no conocía la malta, visualizo también a mi relojito digital Casio, el mismo que usé toda la primaria y al que tuve que cambiarle la manilla tres veces, pero que aguantó aguaceros estoicamente y dio siempre la hora exacta. Pienso además en un montón de amigos nacidos en similares circunstancias,  y que solo necesitan un par de zapatos donde meter los dedos para caminar, o unas gafas para protegerse del sol, o un bolso para llevar cosas. Ya que al final, ¿que cosa es un bolso, sino un algo para echar el celular, la cartera, el libro (ah, que más quisiera yo, pero déjenme soñar un poco) y otros mil tarecos del diario que necesitamos todos?  ¿Cómo es posible entonces que cueste cuatro meses de salario? ¿Cómo es posible que alguien lo escoja cuando pueden comprarse cien bolsos por un quinto de ese precio? ¿Sólo porque lo dicen los sabios señores de Chanel, Prada o Gucci?

¿Quién dio el pistoletazo de salida para esta carrera donde todos persiguen furiosos todo aquello que tenga un cartelito? No importa que no sea funcional o elegante, cualquier objeto con una marca es automáticamente santificado. No importa a donde se mire, no se habla de otra cosa, los tentáculos de la moda de turno te llena los ojos y todo son marcas, marcas, marcas….Nadie es inmune, todos caemos en la tentación, aunque cada cual tiene la elección de aplicarse el antídoto de vez en cuando.

– No le des más vueltas. No creo que las grandes marcas se hayan hecho para los locos como tu y tus amigos, que se sientan en la hierba mojada a esperar a que comience el concierto, mientras reverencian a la única marca que saben reverenciar: la del ron Santiago.  Tampoco creo que sean las carencias las que la hagan diferente a ella de ti y de esos amigos tuyos. Sentido común amigo mío, es el sentido común. A la gente simple le bastan las cosas simples, quédate con eso.  – Me dice desde las alturas mi amiga alada.

– Y a propósito…¿Cuál era la marca de aquella malta tan sabrosa?

Formas de regresar a casa…y de no.

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—E você, cubano, tem saudade de Cuba ? —me ha preguntado casi gritando una amiga, con la música estridente de fondo, en uno de esos encuentros de amigos  llenos de ruido y cervezas, tan a la carioca way.

He tenido que ponerme a meditar la respuesta, no por la caipirinha  que tenía en la mano, sino porque he necesitado sentirla adentro, y porque es la única manera que conozco de hablar de ciertas cosas.

Cuba son mis abuelos y bisabuelos, dos muy blancos y dos medio mulatos, descendientes de canarios unos, de  franceses otros,  devotos de la Virgen de la Caridad del Cobre todos.

Cuba es el sofrito y el potaje insuperable de mi mamá los domingos al mediodía y la natilla y el pudín de mi abuela. Y el no poder disfrutar nada de esto a placer, porque si te demoras mucho los primos te dan alante en la segunda vuelta.

Cuba es mi madre, con sus ojos soñadores de muchacha eterna. Y sus fotos ocre de los 70 donde aparece con su belleza de valkiria y pantalones campana, lista para partir al concierto de algún trovador desgarbado de voz finita.

Cuba es mi padre enseñándome a jugar pelota en un parque, sus lecciones de hombre rudo pero cariñoso, y la imagen de un tipo poniendo tablas  él solo para construir una barbacoa en un cuarto de Centro Habana donde pudiera vivir su familia.

Cuba es mi hermano y mis primos, mis cómplice de todo; y mis amigos, y la fiera terquedad con que seguimos unidos, donde quiera que estemos.

Cuba son mis primeros amores, y el vendedor de maní pregonando allá afuera en lo que yo amaba a alguien por un para siempre que resultó ser muy corto. Y las risas, y las manos, y los ojos de una muchacha linda, y los primeros “ay, coño, sí…” de orgasmos en medio de un cuarto de ventanas altas,con persianas de madera y calor asfixiante.

Cuba es Silvio y Pablo, y el Benny y Lecuona, y Compay, y María Teresa, y los Van Van y el Bola, que canta que ay amor, si te llevas la vida.

Cuba es La Habana del cielo azul más azul de todos los azules,  la luna cuarto menguante cuando aún es de tarde,  los árboles y los amigos que ya no están,  el trueno de las cinco de la tarde, las lagartijas en las orejas como aretes, el jugo de naranjas, los casquitos de guayaba con queso, las motocicletas con sidecar,  las auras tiñosas, los libros forrados, los despertadores de plástico, el baño en el primer aguacero de mayo, las ceibas y los flamboyanes, los tibores, los trompos y los papalotes, el bigote de todos los hombres de la familia, las camisetas blancas, los bancos de mármol en los parques, los caramelos de colores, los libros de aventuras usados, los gritos de: quieto, quieto ! viendo una jugada apretada en la pelota con tu abuelo, los erizos de la costa, los cucuruchos de maní y los merenguitos, los adoquines, el canto de un gallo que los domingos despertaba a todos, las lámparas de luz fría y los quinqués, el sabor de un mango estallando en la boca, y el mar.

De esa Cuba não tenho saudade. Porque a esa Cuba la llevo dentro. Esa Cuba soy yo.

Pero hay otra Cuba, totalmente diferente. Una Cuba que se va adentrando en la barbarie y que se está traicionando a si misma. Traiciona a otra Cuba posible y aún alcanzable, una que soñaron gente luminosa y valerosa, donde el hombre fuera hombre por sobre raza, credo, estatus social, de salud y educación para todos, y que brindara lo poco que se tuviera para ayudar a otros hombres del mundo. Pero sobre todo, que promoviera el bienestar y las libertades de todos los cubanos.

Una Cuba enceguecida de tanto miedo, que defendiendo a ultranza a una soberanía que sin dudas merece ser defendida, ladra y muerde al que se le acerca, sin valorar sus intenciones. Una Cuba que ha decidido ponerle el prefijo “ex”, a cubanos que decidan pisar otras tierras o abrazar una ideología diferente. Una Cuba necia, que enseña a sus periodistas que se debe ser siempre fiel a la verdad, pero que es capaz de encarcelarlos cuando alguno de ellos, jóvenes comprometidos con su gente, osa refutar alguna de las máscaras que esta Cuba presenta al mundo.

Una Cuba en la que no puedes vivir con lo que ganas. No para comprarte las grandes cosas, los lujos, las joyas, los viajes, los autos del año, o la casa modernísima. Es poder ilusionarte con algo tan ínfimo como el último libro de tu escritor preferido,  el próximo concierto del grupo que más te gusta o el vestido que viste expuesto en una vidriera sin que la sombra de la necesidad te nuble el momento, y sin que para ello haga falta algo más que tu trabajo.

Una Cuba a la que regreso una vez al año luego de mucho estudiar, cargado de ilusiones y sueños, y que me rompe la vida al ser recibido por la visión de mi vecino, un mulato descendiente de mambises,  fidelista, revolucionario, y leal como las palmas reales, pero que para sobrevivir con algo más de la irrisoria pensión que le asignan, tiene que vender jabitas de naylon en la calle, luego de una vida de sacrificio, y uno le ve la tristeza en los ojos de quien ve ese mismo futuro para sus hijos, y para los hijos de sus hijos.

Asim que não, amiga minha. Não tenho saudade de esa Cuba Saturna que de a poco devora a sus hijos, o los ahoga hasta obligarlos a marcharse, y que se va devorando a sí misma.

No, no y no.