Lo común

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Día 1

Jim se despertó bruscamente, espoleado por un fuerte dolor de cabeza. A su lado, un rostro desconocido lo miraba con ojos asombrados. Los demás se fueron despertando de a poco, confundidos, mirándose unos a los otros, sin reconocer ninguna cara familiar y sin tener idea alguna de donde estaban y de cómo habían llegado hasta allí.

“¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú? ¿Cómo llegué aquí?” – preguntó Jim a una mujer delgada que había a su lado y que pareció no entenderlo. Las mismas preguntas se repetían por doquier en los más diversos idiomas.

Paulatinamente, Jim comenzó a mirar a su alrededor para intentar reconocer el entorno. Eran cientos, sino miles de personas de todo tipo de nacionalidades, razas y de rango de edad. Mujeres, hombres, ancianos, adultos y niños. Estaban todos hacinados en lo que parecía ser un espacio enorme techado. Algunos trozos gigantezcos de metal oxidado se veían a lo lejos y hacían suponer que se encontraban en lo que fue  en algún momento un hangar o un búnker enorme que albergó aviones o maquinaria bélica. Sólo unas enormes lámparas en el techo emitían una luz blanquecina que rompía un poco la oscuridad sobrecogedora del espacio. No había ventanas, por lo que era difícil saber si era de noche o de día y la temperatura era un poco calurosa aunque sin llegar a ser asfixiante.

De pronto, una voz distorsionada y metálica comenzó a repicar en inglés desde una bocina suspendida sobre lo que parecía ser la una enorme puerta de cemento:

“No tienen nada que temer, ya que por el momento no corren peligro. Deben conservar la calma y escuchar atentamente las siguientes instrucciones, las cuáles deben seguir si aspiran a salir con vida de este lugar. Las instrucciones se resumen en una sola: Si desean salir vivos de aquí, solo deben encontrar el punto común entre todos ustedes. Cada día, cuando suene esta bocina, alguno de ustedes debe presentarse frente a ella y expresar aquello que consideran que todos tienen en común. En caso de acertar, serán liberados y podrán retomar sus vidas normalmente, en caso errar, aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados. Tienen agua y comida suficiente a su disposición aunque deberán racionalizarla pues no se les dará ninguna adicional. Están siendo monitoreados constantemente así que sabremos lo que hacen en todo momento. Intentar comunicarse con el exterior es inútil pues a todos se les ha extraído el teléfono celular. De igual modo resulta inútil intentar escapar pues las paredes son de acero reforzado y están totalmente aislados del mundo. El que intente algo de esto, será ejecutado. Sigan las instrucciones, encuentren lo que se les ha pedido, y no habrá problema alguno. Tienen 24 horas desde ahora hasta que suene por primera vez la bocina.”

Al principio, la sensación de incredulidad y asombro hizo que se apoderara de la multitud un silencio sepulcral.  Poco a poco, comenzaron los murmullos, los gritos, las imprecaciones.

-“¿Qué tipo de broma macabra es esta? ¡Si es un show para la televisión no tiene ninguna gracia! ¿Qué demonios quieren de nosotros? ¡Déjennos salir malditos cerdos imperialistas de la CIA!”- gritó un joven de aspecto desaliñado que llevaba una barba y pantalones raídos.

Cuatro horas después, el caos aún reinaba.  Todos intentaban imponer su opinión sobre qué es lo que deberían hacer, pero algo resultó evidente: si el lunático que estaba detrás de aquello, pudo realizar de manera tan eficiente un secuestro multitudinario como aquel,  cabía la posibilidad de que llevara su experimento hasta las últimas consecuencias, así que era mejor no arriesgarse.

Día 2

Alguien propuso organizar asambleas agrupadas por idioma, para llegar a un consenso antes de que se agotaran las primeras veinticuatro horas. Jim, comprendió enseguida, que con sus conocimientos de traductor y los seis idiomas que hablaba de manera fluida,  podría ser de gran ayuda en medio de aquel caos, así que rápidamente se vio caminando entre aquella marea humana,  recogiendo propuestas y entregando mensajes.

Luego de un gran esfuerzo que llevó otras cuatro horas, cada uno de los portavoces de los grupos recién creados le entregó a Jim el perfil de cada uno de los secuestrados. Apenas había comenzado a revisar aquella montaña de papeles cuándo Jim cayó en lo titánica  y casi imposible tarea que sería ver a simple vista un punto en común entre toda aquella marea humana. Sumaban en total, cien mil personas. Había desde desempleados hasta profesionales de todo tipo, desde universitarios hasta personas con muy pocos estudios, desde católicos fervientes, hasta budistas, musulmanas con hijab y ateos. Había desde comunistas admiradores de la Revolución cubana, hasta republicanos seguidores de Trump, homosexuales, heterosexuales, transexuales, fanáticos del deporte, nerds y personas obesas que llevaban una vida totalmente sedentaria. Encontrar una aguja en un pajar prometía ser una tarea más fácil que encontrar algún punto común entre aquel enorme y variopinto caldo humano, y el tiempo se agotaba.

-“Seguramente, algo común entre todos nosotros, debe ser algo que todos odiemos, o apoyemos, o algo que nos guste o rechacemos totalmente”– exclamó una mujer de ojos azules, vestida muy elegantemente con traje y zapatos altos.

” Sé que parece un slogan por lo tanto que lo mencionan las misses en los concursos de belleza, pero podría ser la paz mundial. No es broma, todos podemos tener opiniones políticas diferentes, pero no hay nada más horrible que perder a un ser querido por algún acto de odio de otros. Miren mi caso, yo siempre he sido pacifista, y nunca he apoyado las guerras que mi gobierno lleva a cabo, como en Afganistán por ejemplo, aun cuando mi hermano Thomas falleció en el atentado de las torres gemelas el 9/11 en New York. Si, verdad que sufrimos mucho en casa, pero tengo amigos musulmanes, y nunca los vimos como culpables, ellos también estaban afectados por todo aquello” – exclamó un chico alto de cabello rubio y alborotado. Un rato después, después de una larga pausa, alguien dijo: –“Mi mejor amigo también murió por uno de estos actos horribles y violentos, estaba en el concierto de Las Vegas y fue asesinado en ese infierno provocado por aquel maniático que comenzó a disparar desde el hotel con su arsenal de armas automáticas, todavía nuestros amigos no nos recuperamos, y los que defendían la Segunda Enmienda y el libre acceso a las armas, cambiaron de opinión y ya ninguno quiere comprar armas” – Conozco a alguien que fue herido en las Ramblas, y la madre de mi vecino, apenas sobrevivió al recibir un balazo en el Bataclan” – se escuchó en medio de aquella multitud. Jim recordó entonces a su sobrina Samantha, que fue herida en una pierna en Charlottesville por un supremacista blanco cuando protestaba pacíficamente y que su bisabuela fue una sobreviviente del ghetto de Cracovia antes de emigrar a los Estados Unidos.

De todas partes se escuchaban relatos relacionados con alguna afectación directa o indirecta a algún acto de terrorismo y otros tipos de violencia extrema, de esos que venían sucediendo ocurriendo a escala global en los últimos años. Un amigo de alguien que fue tiroteado en alguna calle por acá,  un familiar de algún soldado que nunca regresó por allá. No podía ser de otra manera, nadie podía estar a favor de algo así,  el mundo se desangraba con guerras y con tanta violencia que ya se volvía cotidiana en los noticieros matutinos y pedía a gritos algo de paz y tranquilidad El terror y la muerte mañana podían tocar la puerta de cualquier casa, en cualquier rincón del mundo. Oponerse a eso, esa tenía que ser la respuesta.

Cada uno de los portavoces que fungían de líderes de los distintos grupos estuvo de acuerdo, así que Jim se preparó para el momento decisivo.

Con una puntualidad implacable, la bocina resonó en todo el recinto y el eco recorrió toda la sala. Aunque todos estaban cansados y tensos, el ruido no despertó a nadie, era imposible dormir cuándo ese podía ser el último día bajo el sol, que brillaba allá afuera, en alguna parte.

Jim se adelantó a la puerta, se colocó frente a la cámara, que lo observaba muda e inexpresiva. A continuación, exclamó tan alto como le permitieron sus pulmones:

La violencia, todos repudiamos y estamos en contra de cualquier tipo de violencia como vía para alcanzar cualquier objetivo político, o como forma de odio racial, étnico, religioso, etc. 

Recién terminaba de decir la última frase cuando comenzaron los disparos. Al principio una sensación de incredulidad embargó a todos. Fue sólo cuando comenzaron los gritos de terror cuándo todos se echaron al suelo, intentando protegerse la cabeza y buscando alguna protección en los cuerpos más cercanos. Pasó un rato largo y un olor a pólvora impregnaba el espacio.  Jim, sin moverse en la posición que había caído luego de lanzarse al suelo, no se atrevía a abrir los ojos. Todavía se escuchaban algunos gemidos, sollozos, aunque cada vez más aislados, cuándo después de otro rato largo, Jim finalmente se armó de valor, no antes de cerciorarse que salvo un fuerte dolor producto de un fuerte golpe en el codo al caer, no tenía mayores heridas y que por tanto, tendría un día más de existencia sobre la Tierra. Abrió los ojos lentamente, y cuando sus pupilas se acostumbraron nuevamente a la iluminación lúgubre de aquel lugar, otras pupilas, sin vida, lo observaban. La mujer elegante de traje y zapatos altos,  lo miraba con expresión sorprendida desde sus ojos azules, un hilillo rojo de sangre le surcaba la frente, contrastando con su piel blanquísima.

Día 3

“Qué calamidad la mía Diosito, mira que decidirnos a venir a los Estados Unidos con los primos después de quedarnos sin nada allá en nuestro caserío de Puerto Rico por María, y ahora Diosito nos castiga así, qué calamidad, qué calamidad. ¿Qué quieren estas personas de nosotros? ¿Qué mal les hemos hecho?”

-“Ay comadrita, cómo te entiendo. Yo también me vine con mis hijos a los Estados Unidos después de que se nos cayera la casa allá en Puebla, con el terremoto. No llevamos ni un mes acá, apenas conseguimos trabajo, estaba intentando aprender inglés y ahora los gringos me hacen esto. No se entiende, no se entiende.

El codo de Jim comenzaba a tornarse de un morado oscuro y cada vez que lo flexionaba levemente un dolor agudo se apoderaba de todo el brazo, pero ni aun así se le iba de la cabeza la conversación en español que había escuchado entre dos mujeres bajitas hacía aproximadamente dos horas, mientras deambulaba sin rumbo por aquel lugar.

-“¿Todos estamos de acuerdo en que hay que proteger a las ballenas, verdad?” -“¡Si hay alguien que haya estado en contra de que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres que lo diga, por favor!” -“Yo y mi esposo vinimos a este país  para podernos casar, pero hay muchos otros lugares en que se prohíbe todavía el matrimonio gay ¿Ustedes están de acuerdo que es un derecho elemental de todas las personas, no es cierto? “¡La marihuana! ¡A todos nos gusta la marihuana y debería ser legal en todas partes!”

Gritos histéricos, cada grito queriendo ser más alto que el grito anterior. El nerviosismo comenzaba a apoderarse de todos conforme pasaban las horas y surgían las más variadas propuestas desde todas partes de aquel conglomerado humano. Nerviosismo que crecía una vez que había quedado demostrado de que los sádicos que estaban detrás de aquello no iban a vacilar en asesinar a cuántas personas fuera necesario hasta completar cualquiera que hubiera sido el estudio macabro que se habían propuesto. Así que finalmente, Jim se decidió:

-¡El cambio climático si existe! El planeta se calienta cada vez más y provoca fenómenos meteorológicos cada vez más intensos. Los científicos concuerdan en que cada vez son más fuertes los huracanes, terremotos, las olas de calor, de frío, las sequías. ¿Estamos todos de acuerdo en que si no hacemos algo por cambiar esto nos vamos a la mierda todos, verdad?

Aún luchaba por recuperar el aliento después de gritar aquello encaramado en una mesa, cuando Jim alcanzó a escuchar:

-“Yo estoy de acuerdo con eso, he leído que hay islas en el Pacífico que en pocos años desaparecerán por la subida del nivel del mar”- mencionó un señor muy delgado que cojeaba por una herida en una pierna, y que se le había quedado mirando cuando comenzó a hablar. -“Dicen por ahí que no, que son inventos de los científicos para ganar más dinero y tener mayor publicidad, pero casi todos los países firmaron ese pacto, el de París creo que era, y si todos los países están de acuerdo en eso, cuando no están de acuerdo en casi nada más, debe ser real”- dijo una muchacha negra con gafas detrás de Jim. ¡Claro que es real! Ahí están los records de temperaturas que se han disparado en todo el mundo, las tormentas son cada vez más fuertes, y sólo un estúpido no lo vería así, ese pudiera ser el consenso entre todos nosotros, a no ser que haya algún maldito descerebrado suicida que no piense así. Así que si alguien no está de acuerdo, que hable”- vociferó un hombre gordo y con cara de pocos amigos que había logrado subirse a la misma mesa que Jim, no sin antes hacer un gran esfuerzo.

Claro, que en un mundo ideal, donde primara el diálogo y la sinceridad, y donde el sentido común indicara que es más importante pasar por descerebrado antes que por muerto, alguien habría dicho: – “Son todas falacias, los cambios climáticos han existido siempre y es sólo una justificación de los ambientalistas para hacer quebrar las grandes compañías y así ganar fama y enriquecerse ellos”. Entonces, se habría pasado a otra propuesta, y listo,  una posibilidad mayor de estar todos vivos cuándo sonara la fatídica bocina nuevamente.

Pero como ya se sabe,  no vivimos en un mundo ideal y la valentía y la sinceridad sí que no es algo común entre los humanos, así que nadie dijo absolutamente nada cuando se corrió de voz en voz la pregunta, teniendo cómo ya era costumbre, a Jim cómo protagonista, yendo de un lugar a otro, intentando explicarse en cada idioma que sabía.

Quizás, en un mundo ideal también, hubiera habido más tiempo y la pregunta hubiera llegado a cada confín de aquella marea humana. Pero el tiempo se agotaba y todos estuvieron de acuerdo en que si nadie había objetado nada, esa tenía que ser la respuesta, o al menos una de las respuestas, así que Jim, con el codo doliéndole cada vez más, se armó de valor y se plantó debajo de la bocina a esperar la llamada terrible.

Obviamente, Jim no contaba con que su valor no fuera todo lo grande que él mismo pensaba, así que, cuando acabando de vociferar la última frase de la respuesta bajo la bocina una bala le entró por el hombro izquierdo, pensó que moriría.  El ardor que sintió fue tan grande que le entumeció toda esa zona y se desplomó al suelo sin sentido. Varias horas después, y una vez que recobró el sentido, el dolor agudo que le recorría todo el torso y el olor de su propia sangre pegada en su camisa le provocó esa extraña alegría que sólo los que han estado al borde de la muerte conocen. Esta vez no se atrevió a abrir los ojos hasta mucho después y deseó enseguida no haberlo hecho. El paisaje que se mostraba ante si era desolador. Sangre por todo el suelo, algunos gemían de dolor por las heridas, otros intentaban vendarse con los trozos de tela que podían alcanzar, y allá, a lo lejos, en una esquina, algunos habían logrado apilar a los cadáveres, una masa inerte a la que todos evitaban mirar, pero que ahí estaba, recordándoles que esta pesadilla no era de esas de las que se acaban al amanecer. Jim reconoció entre ellos al hombre gordo que se había subido a la mesa junto a él. Era evidente que los asesinos no se preocupaban demasiado por cumplir su palabra con aquello de: “aquellas personas que no cumplan con lo que ustedes proponen como factor común entre todos, serán ejecutados” y que con matar a algunos se daban por complacidos en su juego macabro.  A Jim lo invadió entonces una mezcla de rabia, impotencia y culpa. Fue ese mismo momento cuando decidió rendirse, y que la culpa en su conciencia la tuvieran otros.  Decidió dejar de ser la especie de Portavoz de la Muerte en que se había convertido para toda aquella gente, la última voz que probablemente escucharían con cada tentativa fallida. ¡Malditos asesinos! ¿Qué demonios querían probar con esta mierda de juego? ¿Qué todos estaban jodidos? ¿Qué había racistas, xenófobos, potenciales asesinos, y gente a las que no le importaba un carajo el planeta entre todos ellos? Era evidente que nada los unía, o que era algo más allá del más elemental sentido común. Protegerse, sobrevivir a cada toque de bocina para llegar al próximo toque de bocina, esa sería su misión ahora. Va y el miedo a la muerte era lo que los unía a todos, pero va y había algún loco suicida esperando ansioso que le perforaran el cerebro con un balazo. Ya no le importaba.

Día 4

Jim se había incorporado, se había hecho una especie de venda improvisada en el hombro con los restos de su camisa hecha jirones y había visualizado una esquina donde esperaría por el próximo toque de la bocina.  La cabeza le quería estallar de tanto pensar y no tenía ganas de nada. Aquel juego macabro no parecía acabar y aquel grupo de maniáticos asesinos no parecía tener límites ni ningún tipo de moral. Los días sin probar apenas bocado comenzaban a debilitarlo y no podía dejar de pensar en cuan diferentes era su vida hace apenas cuatro días. Daría cualquier cosa por estar ahora mismo en el patio de su casa, sentado bajo los árboles que había trasplantado hacía poco, tomándose una cerveza, mirando a sus hijas jugar con el perro, mientras su esposa preparaba el almuerzo ¿Lo extrañarían? ¿Qué pensarían de esta ausencia tan prolongada?

Un chico, a su lado, con los ojos rojos de llorar, se mecía en cuclillas y se abrazaba las piernas, mientras que casi sin voz, entonaba una melodía, casi un murmullo.

Jim no le prestó demasiada atención en un principio, pero ese sonido le parecía muy familiar. ¿Dónde he escuchado yo esto antes? Intentó descifrar de donde lo conocía. Le parecía algo que había escuchado mil veces antes, algo que lo había acompañado desde siempre.

Entonces, Jim lo supo.

Se levantó cómo espoleado por un resorte y comenzó a hacer preguntas por todas partes, en chino, en inglés, en ruso. Siempre la misma respuesta.

Minutos después, y ante los gritos de terror que provocó una nueva llamada de la bocina, Jim caminó decidido hacia la puerta, ante la mirada aterrorizada y atónita de todos.

– “Todos compartimos en nuestras redes sociales, Facebook, Twitter, etc,  el día previo a que nos trajeran aquí, el video de la famosa canción de Daddy Yankee y Luis Fonsi en Youtube: Despacito.” – exclamó con toda la voz y las fuerzas que aún le quedaban.

La puerta se comenzó a abrir lentamente,  mientras que los fuertes rayos de sol comenzaron a romper la oscuridad, lastimando las pupilas dilatadas de todos, acostumbradas ya a tantos días entre las penumbras.

Afuera, había un cielo azul, despejado y sin nubes. Comenzaron a caminar a lentamente, arrastrando los pies y protegiéndose los ojos de tanta claridad. Mientras, desde la bocina, una melodía inundaba el espacio:

Des pa cito. Quiero respirar tu cuello despacito….”

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Mírenme, por favor

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Estás tan acostumbrada a que te miren, que sabes que si el Universo dejase de tener ojos para ti no lo podrías soportar. Desde niña te hicieron entender que eres tremendamente hermosa. Y mamá que te vestía y muchas veces te maquillaba como ella a pesar de tu corta edad, y te llevaba a clases de ballet y de piano.

Así que, por una inercia heredada, adoptaste los patrones que iban acorde al rol que aceptaste interpretar: la coquetería, las miradas de soslayo, la sonrisa tímida, la falsa modestia.

Pero papá y mamá raras veces te abrazaban y besaban. Papá y mamá, que trabajaban mucho y casi no los veías. Mamá y papá casi siempre ausentes. Mientras tu los esperabas todos los días pacientemente para contarles lo que aprendiste en la escuela, para jugar con ellos,  para que te leyeran un cuento antes de dormir.

Ahora te encanta ser objeto público de deseo. Te gusta tanto ser el vértice de halagos y cumplidos que aceptaste el pacto tácito de someter toda tu vida a la mirada de un público completamente anónimo.

Te aterra tanto estar sin esas dosis gigantescas de atención, que se te van olvidando de a poco los pudores imprescindibles que habitan en la intimidad y a su vez, vas olvidando el encanto exclusivo que tienen esos jardines secretos no compartidos. Sin embargo, te entregas a cualquier alabanza fácil, y las buscas, furiosa, cuando no las encuentras. Tu autoestima se mide en los “me gusta” a tus fotos en Facebook, Instagram, y cuanta forma digital encuentras. Personas que nunca has visto personalmente en tu vida.  Se te va secando el misterio, lentamente.

Te has convertido sin darte cuenta en modelo de tu propio desfile de modas, en actriz de tu propia película, en un espejo de ti misma.

Entendiste bien rápido las reglas del juego: mientras te vas haciendo mayor, tu gracia natural va adquiriendo un precio proporcional al paso implacable del tiempo. A nadie le aterra tanto la vejez como a ti, nadie la sufre cómo tú. ¡Nadie te puede entender!

Te repites hoy cómo el eco de lo que realmente puedes ser. Se repite también la imagen de esa niña sonriente y alegre con maillot blanco de ballet, ensayando afanosa una pirouette en el living de la casa y que grita:

-“¡Papá, mamá, mírenme! ¡Ya me sale!”

Pero papá está demasiado ensimismado leyendo el periódico. Mamá casi siempre ocupada en la cocina o demás quehaceres de la casa. Papá pocas veces la mira. Mamá que no la alaba. Papá y mamá que no la abrazan.

Así que te has ido a hurtadillas a buscarles en nuevas caras.

Tan cerca de mí

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Te rodeaba un halo de misterio maravilloso.

Nunca un like de más, nunca un comentario exaltado, nunca un chiste gráfico incitando risas grupales, nunca sumarte a la canción de moda.

Nunca cambiar tu foto de perfil más de dos veces al año.

Nunca seguir de vuelta mis historias en Instagram a pesar de todos mis “Me gusta” en tus fotos.

Y esas fotos melancólicas de muchacha solitaria y sensible. Y esas manos. Y ese pelo.

Ese tipo de misterio. Impenetrable. Místico. Cautivador.

Un día te busqué en Google. Encontré la decisión en un juzgado de hace ocho años con tu nombre. Te habían detenido bebiendo mientras conducías por una autopista, tuviste que pagar una multa y hacer 50 horas de trabajo comunitario.

¡Eras real! ¡Existías!

Todavía recuerdo la primera vez que respondiste a uno de mis mensajes. Fue con un “Gracias” y un emoji.  El emoji avergonzado, por supuesto, tan a tono con tus maneras.

Eras la mujer más bonita, misteriosa, irreal y ausente de mi vida. Y aún así, te sentía tan cerca de mí.

Hasta que desapareciste completamente de Internet. The content you requested cannot be displayed right now, me torturaba Facebook. No se ha encontrado esta página. Puede que hayas usado un enlace incorrecto, me decía Instagram, implacable.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Y entonces me enamoré.

Nos queda todo

Destacado

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“Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha”.

Le dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en la cara. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante estas últimas semanas, y lo besa en la boca despacio. No le dice: “yo también”. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Pero él sabe que ha sufrido como solo sabe sufrir ella. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es, esa molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá. Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo y porque su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va, hace que lo que tiene que doler, le duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que le volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.